ENTREVISTA A MATILDE INSA

Por Marcial Poveda Peñataro y José Corbí

Tras sortear pasillos y patios en la bien cuidada Residencia de Ancianos de Monóvar, alcanzamos un amplio salón, confortable y soleado. Ante nosotros una señora portando sus libros y partituras. Intercambiamos una cómplice mirada, esbozando una expresión de incredulidad y en nuestro interior deducimos: nos hemos equivocado, será otra señora. Sorprendentemente escuchamos: «Soy Matilde Insa. ¿Qué desean Vds.?» En plena confusión y con cierta torpeza acertamos a presentarnos y exponer nuestros objetivos, porque Matilde es una señora de tez cuidada, silueta proporcionada y de formas lúcidas y refinadas que no aparenta sus bien llevados 92 años, de ahí nuestra extrañeza. Muy amablemente nos recibe, siendo ésta la conversación mantenida.

Nace Vd. en el seno de una familia acomodada. Su padre, Paco Insa, es oficial de Telégrafos. ¿Qué recuerdos tiene de su infancia, más concretamente de su paso por la escuela?

Una infancia con un recuerdo estupendísimo, precisamente aquí estuvieron hace unos días las hermanas donde me eduqué, las del Co-legio Divina Pastora. Y el recuerdo que guardo de mis padres es el no va más. La perfección más grande que puede haber y la educación que me dieron fue grandiosa. Estos días navideños tengo muy presente la persona de mi padre, con todo el ambiente de fiesta que reinaba en casa: regalos, villancicos, mi madre preparando la cena, etc.

Manuel Tomé fue un pianista afincado en Monóvar desde Enero de 1906. Además de desempeñar du-rante nueve años la titularidad como pianista del Casino de Monóvar, daba clases de piano a algunas señoritas, una de las cuales era Vd. ¿Cómo recuerda a Ma-nuel Tomé?

Era una persona muy sensata y culta, además de excelente profesor. Sabía amoldarse a las circunstancias de las alumnas, obteniendo un gran resultado de las cualidades de sus alumnas.

Relátenos que aconteció al abandonar, el maestro Tomé, Monóvar. ¿Quién asumió impartir las clases de piano?

Se presentó un día en mi casa Manuel Tomé, y le dijo a mi padre: «Don Paco, he de marcharme de Monóvar, pues he conseguido aprobar unas oposiciones con plaza en mi pueblo y creo que nadie mejor que su hija Matilde (por entonces tenía 15 años) para sustituirme. Yo la encuentro suficientemente capacitada, pero de todas formas dejaré que transcurra un mes para mayor garantía». A los 15 días, de nuevo Manuel Tomé se acercó a casa y di-jo: «Matilde se hará cargo, tiene ex-periencia y calidad. Es una excelente profesora, para ella es el cargo. Me voy satisfecho de comprobar co-mo hay una sustituta que seguirá mi camino».

¿Y no fue Anita Verdú la elegida, puesto que era la alumna más destacada?

No, porque quizá ella estuviera más preparada para el tema de los conciertos, pero yo tenía más cualidades para la enseñanza, que son co-sas diferentes.

En el año 1921, a sus 15 años, se hizo cargo Vd. de la Escuela del maestro Tomé ¿Se ha sentido alguna vez niña prodigio?

No. Yo he sido siempre muy normal en todos mis aspectos de aprendizaje, y lo que me ha sucedido ha ocurrido sin buscarlo o codiciarlo. En ese caso que Vd. alude. pude cumplir y ese fue mi sino.

La música, concretamente el piano ¿ha sido su vocación?

A los cuatro años recién cumplidos empecé a teclear el piano. Yo me embobaba, me entusiasmaba, mientras mis amigas iban a jugar o distraerse en otras cosas, cuando oía una música disfrutaba y me apartaba de lo demás. Siempre fue una llamada interior que se sobreponía el resto.

Llegamos al año 1924 y la directiva del Casino, encabezada por su presidente Vicente Peñataro y el secretario Antonio Montoro, tras la renuncia del pianista Enrique Almiñana decide nombrarla pianista del Casino, con el sueldo de 60 ptas. mensuales. ¿Tuvo que su-perar alguna prueba u oposición?

Efectivamente fui la primera que desempeñé el cometido de ser pianista titular del Casino (contaba por entonces 18 años). A mí lo que me interesaba era perfeccionarme, o que me conocieran musicalmente y disfrutar así de mi profesión, el dinero era lo de menos, no tenía ne-cesidad. No tuve que realizar prueba alguna.

Suponemos que trabajaría conjuntamente con Peñataro y Montoro, dos intelectuales de la época. Háblenos de ellos.

Los dos eran muy amigos de casa, de mi hermano concretamente, y nos visitaban con relativa frecuencia y solían decir: «Matildita, obséquianos con alguna de tus piezas musicales» y en la parte alta de la casa, allí que me disponía a tocar el piano. Tengo una dedicatoria de A. Montoro, que dice así: «Por el divino tesoro de juventud que tú posees y tu arte exquisito, tú señorita Ma-tilde Insa».

Durante el año 1928 es nombrada, para sustituirla como pianista del Casino, la Srta. Clotilde Monroy ¿Cuáles fueron las causas que ocasionaron este cambio?

Como consecuencia de trasladar mi residencia a Elda por motivos profesionales de mi marido.

Sabemos que ha leído la novela Cristian, cuyo autor es Manuel Tomé. ¿Qué comentarios le sugiere?

Un libro muy interesante, ameno y agradable. Me recuerda mis tiempos de juventud. Lo he leído y vuelto a leer, pues está muy conseguido. Mire por donde me he podido enterar de sus aventuras amorosas que desconocía por completo, porque al desarrollarse en el tiempo de mi infancia, lógicamente las ignoraba. Yo era una chiquilla entonces… y claro no nos estaba permitido conocer ciertas historias. Sabía algo por mi hermana.

A punto de finalizar este siglo, ya en puertas del año 2000 ¿Cómo contempla el futuro cultural de Monóvar?

No sólo ciñéndome a Monóvar, sino en general, yo digo como decía la canción: «el que viva en el año 2000 verá con asombro los tiempos cambiados». El mundo está dando un giro tremendo, pero para mal. Las cosas que puedan favorecer a la Humanidad le dan de lado y van a su ritmo. La juventud vocea y grita, y no piensa que pueda molestar, no lo entienden. Mientras no haya gente que haga comprender a la juventud que su actitud molesta y no deba ser así, ni Monóvar ni el mundo se arreglará.

De todos los que ha habido y no son pocos, ¿qué personaje local más ha admirado?

Como poeta, a Montoro. Era un gran poeta. Al resto de intelectuales no los puedo juzgar, por entonces yo era muy joven. Me refiero a los que destacaron a principios de siglo.

¿Cuál es la actitud que más admira en las personas?

La caridad, que sean caritativos, comprensivos, que no sean vanidosos, que no sean autoritarios. Todo eso fuera. Ser sencillo y normal. No mires a quien le haces el bien.

¿Quién o quiénes han dejado huella en su vida?

Una de las personas que más influyeron en mi vida, durante mi juventud, fue el notario Jesús Sán-chez Tello y su señora. Fueron mis segundos padres, porque me quedé sin madre a los 13 años.

¿Alguno de sus hijos o nietos ha heredado su misma vocación?

No. Mis hijos estudiaron música. Uno de ellos, mi hija, se inició, pero como no pudo compartir con los estudios que tenía que hacer al margen, lo dejó. Esa forma de ser prácticos y decidirnos por una determinada faceta es algo que he tenido muy presente. Cuando he tenido que tomar una decisión sobre si un alumno tenía posibilidades de alcanzar éxitos en los estudios, nunca dudé y acerté si debía continuar o dejarlo, muy a pesar mío.

¿Le ha servido a Vd. la música para sentirse admirada y respetada?

Pues sí. Dios me ha ayudado mucho y hasta las cosas más difíciles me las ha facilitado tanto que yo misma me he asombrado de ver lo que he conseguido con mi forma de ser, mis clases, mis alumnas. Quien ha venido a buscarme profesionalmente halló siempre en mí a una fiel colaboradora.

Hoy, a los 92 años. ¿Se siente completamente realizada?

Sí. Hay como en todas las épocas y edades, altibajos, pero como he confiado siempre en la Divina Providencia Dios me ha dado siempre más de lo que merecía. He confiado en Él y he salido adelante.

¿Qué es lo que más añora Vd. en estos momentos?

A mis padres y a mi marido. Mi marido ponía el belén más bonito que Vd. se puede imaginar, bien fue-ra en Elda, Colombia o Barcelona. Mi padre solía cantar villancicos y yo le acompañaba.

Tiene a su disposición El Veïnat por si desea añadir algo más.

Cuando residía en Colombia, los días de septiembre en que se celebraban las fiestas en honor a la Virgen de la Salud y del Remedio, poníamos en el comedor de la casa, sobre el aparador, el mantón de Ma-nila, a modo de altar y una imagen de la Virgen que me regaló el fotógrafo Berenguer, de Elda. Celebrá-bamos así nuestras fiestas patronales a pesar de la distancia, y acudían nuestros amigos, vecinos, sacerdotes, monjas y le cantábamos a la Vir-gen los cánticos tradicionales por esas fechas.

El testimonio de Matilde sobre parte de la historia artística e intelectual local, nos produjo la grata impresión de sentirnos trasladados, por unos instantes, a ese primer tercio de siglo, en el que se dieron cita toda una pléyade de literatos, etapa que se ha denominado «Escuela de Monóvar». Nos hallamos ante una enciclopedia viviente (y así se lo ha-cemos constar) al tratarse de la úni-ca persona viva que compartió du-rante aquella época momentos de esplendor.

Matilde nos deleita interpretando unos villancicos y una composición musical -con música y letra de la propia Matilde- en recuerdo de su marido, emitiendo unas notas vi-brantes que surgen, a pesar de su edad, de forma intensa y artística de su inseparable «Chassaigne Frères».

Halagados por el anticipado obsequio navideño de que somos objeto en forma de pentagrama y las notas musicales que desgrana su piano, le agradecemos esta deferencia, deseándole lo mejor de lo mejor para que, en lo sucesivo, podamos volver a vibrar con su arte.

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