MONÓVAR TUVO, HACE UN SIGLO, UN SEMANARIO Y UN DIARIO. José Payá Bernabé.

MONÓVAR TUVO,

HACE UN SIGLO,

UN SEMANARIO Y UN DIARIO.

José Payá Bernabé.

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El próximo 10 de octubre se cumplirán cien años de la existencia de la prensa monovera. Ese día salió a la luz, en 1886, El Termómetro, semanario científico, literario y de intereses materiales de Monóvar.

Su consejo de redacción estaba formado por José Pérez Bernabéu, en calidad de director, y Leandro Limorti, Calixto Verdú, Ciro Pérez Ferrer, Antonio Alfonso Prats y Sixto Pina, como redactores. Tres de estos miembros eran médico-cirujanos: Pérez Bernabéu, Calixto Verdú y Antonio Alfonso. Limorti era profesor de segunda enseñanza en el Colegio de la Virgen del Remedio de 1.ª y 2.ª Enseñanza, que dirigía el doctor don Justo Amo; Ciro Pérez, abogado y Sixto Pina, bachiller en Artes.

El semanario, de 44 x 31 cms., consistía en dos hojas con una sección de anuncios en su dorso. Suscribirse costaba a los monoveros una peseta y setenta y cinco céntimos trimestrales y su pago debía ser – en teoría -, por adelantado. La correspondencia era remitida siempre al director, que tenía la redacción en su casa, calle Mayor número 216.

Nítida y mágicamente hemos abierto este semanario, donde se desvela una atmósfera típicamente local, superando la diferencia de años. Hay un claro denominador común: los continuos ataques al alcalde y las frecuentes citas a médicos, defunciones y enfermos de la provincia; signo evidente de la mano de su director y de los redactores componentes del consejo de redacción.

El Termómetro revela infinidad de matices de la ciudad. En él se observan desde consejos a los vinicultores de Monóvar hasta las memorias de «Cadí Junfuf-Ben-Abdallah».

Quizá la sección más atractiva para el monovero actual sea la crónica local. En ella se puede leer una visita a la cárcel correccional que, en ese instante, se estaba contribuyendo aquí; quiénes eran los cuatro propietarios de la imagen de Santa Bárbara; cómo creció extraordinariamente el caudal de las aguas del río Vinalopó arrastrando el puente que había a la entrada de Elda; la elección de la junta directiva del Casino; un expediente instruido en el correccional de Monóvar por ciertos abusos cometidos, etc.

Pero, sin duda, lo más asombroso de esta crónica de la localidad son las duras críticas a la gestión del alcalde, don Justo Verdú Escobedo. Al alcalde le instigan por todas partes para que: publique un edicto con la finalidad de que hagan las reclamaciones los perjudicados por el proyecto de carretera de Monóvar a Novelda; encienda los faroles o mande que nadie salga de su casa; arregle los faroles rotos; construya el matadero público; impida que se sigan arrojando gatos y animales muertos sobre las paredes del jardín del Casino; barran las plazas; arregle las acequias; vigile a «ciertos pájaros de cuenta» que, con el pretexto de pedir limosna, se escurren dentro de las casas buscando un descuido; ponga remedio al ruinoso estado del embaldosado de la población y principalmente el de las calles más céntricas que constituyen un verdadero peligro cuando llueve…

No crean que todo esto se le propone sin más. No, lo hacen con amenaza, premeditación y alevosía. Por ejemplo, al hablar de la acequia le dicen que si no la repara enseguida, va a quedar «al descubierto»; o bien, porque no arregla el reloj de la torre, se preguntan «si no lo habrá hecho don Justo con la sana intención de que no contemos el tiempo que le queda de vida municipal». Incluso le avisan que si transcurre mucho tiempo sin que se inaugure el matadero, que se prepare a comparecer ante el tribunal de la opinión pública.

La clave de estas precisas críticas están en el talante anarquista, ácrata y liberal de una persona tan valiente y emprendedora como Pérez Bernabéu, a quien el pasado año, desde estas mismas páginas, ya dedicamos una extensa semblanza. No olvidemos que fue presidente del Casino y del Partido Federalista de Monóvar en 1897.

La editorial más profunda, reflexiva y seria de cuantas componen este semanario, puede verse en el número seis, de fecha 14 de noviembre de 1886, donde se reconoce que estaban equivocados al creer que sus denuncias, hechas con criterio recto e imparcial, iban a ser atendidas. Las denuncias siguen en pie -afirman -, y la autoridad siendo acreedora a las censuras de El Termómetro. En su opinión, la causa no reside en don Justo, alcalde en ese momento, sino en que «nuestro municipio adolece en su constitución de un defecto grave: que ha desfilado una serie interminable de alcaldes a los que, sobrándoles honradez y voluntad decidida para hacer una buena administración, les ha faltado aptitud, condición indispensable para desempeñar debidamente el cargo».

Además, se duelen de que siempre se tropieza «con la apatía de Monóvar, enfermedad crónica, difícil, ya que no imposible, de curar». Por eso, piden que se muevan «las personas que por su posición y talento puedan obrar con entera independencia y emanciparse de odiosos caciquismos», presentándose a las futuras elecciones de concejales.

El Termómetro concluye su existencia – que sepamos -, el 20 de marzo de 1897, con el número 24. En esta fecha ya habían causado baja como redactores Leandro Limorti y Antonio Alfonso Prats. Asimismo, se adhirieron otros colaboradores y corresponsales como Miguel Huesca, Agapito Ochoa Albert, y A. Tortosa Vidal. La administración era coordinada por Ramón Gimeno Rico.

Once días después de desaparecer El Termómetro, brota el único periódico diario con que ha contado Monóvar a lo largo de este último siglo: El Diario de Monóvar.

Se trata de un periódico de una hoja, tamaña 44 x 31 cms., que se emite (al igual que el semanario), en la imprenta de Bernardo Samper, en la calle Mayor número 123, al precio de una peseta por mes; tiempo que – como veremos -, ni siquiera llegó a durar.

El Diario nace el viernes 1 de abril de 1887 y deja de publicarse el 23 de ese mismo mes con el número 18, aunque hay quien asegura que duró hasta el número 23.

Según su cabecera, tenía que salir a la luz todos los días, excepto festivos, repartiéndose después de la llegada del correo de Madrid. Mucho nos tememos que no fue así, puesto que los números que hemos podido manejar – en la Biblioteca Gabriel Miró de la Caja de Ahorros de Mediterráneo -, son 1, 2, 5, 6, 7, 9, 10, 13, 16, y 18 y corresponden a los días uno, dos, seis, nueve, doce, trece, dieciséis, veintiuno y veintitrés de abril, con lo cual queda suficientemente claro que no apareció conforme a lo planeado por premura de tiempo o por falta de material.

Su objetivo era poner al corriente de todo cuanto ocurriera en esta localidad y en nuestra provincia, así como dar noticias «de cuantos acontecimientos se susciten en la Península y en el extranjero. Contamos -aseguran -, con activos corresponsales en Alicante, Valencia, Zaragoza, etc. Además tendremos – siguen afirmando -, un servicio de telegramas de la Agencia Madrileña».

Con todo, los sucesos más interesantes siguen siendo los originados en Monóvar: natalicios y defunciones; denuncias al alcalde para que ponga coto a las turbas de chiquillos que rompen puertas y ventanas en la plazuela del Trinquete; irónicas críticas al alcalde por no haber presidido la procesión del domingo, etcétera.

Si bien no se especifica el nombre del director, las múltiples convocatorias de plazas vacantes de médicos y las referencias a enfermos de la localidad, nos hacen pensar que la figura de Pérez Bernabéu está aún presente en la confección y redacción del diario.

Por último, consideramos tan apasionante la lectura de las noticias del diario, como su dorso dedicado, exclusivamente, a publicidad. En este sentido, es significativo ver cómo se anuncian, asiduamente, las farmacias. No acertamos a averiguar si lo hacían por competencia entre sí o por respeto al equipo médico que estaba, casi con seguridad, trabajando en el diario.

Sea como fuese, es curioso constatar la inquietud periodística de un grupo de élite de monoveros que consiguieron crear un semanario durante cerca de dos años y, a continuación, un diario.

Ojalá sus paisanos seamos capaces de continuar esa labor durante, por lo menos, otro siglo más.

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