Pròleg al llibre Mortuoris per José Ferrándiz.

Lo propio para presentar un libro–este libro– de Rafael Poveda sería citar a Omar Kheyyam, el poeta persa de Naishapur que, allá por el siglo onceno, escribió del vino y de la muerte. Vaya por delante, para lectores no iniciados, que el autor de esta silva de finados es enólogo y se debe a un linaje de vinateros que rehízo fondillones, trabaja néctares amistosos y procura al prójimo efluvios saludables. Efluvios que dan vida.

Con todo, y en eso de diñarla, no es forzoso encomendarse al celebrado Omar. He oído parábolas propicias. He oído que, en algún sitio, existió un esclavo que huyó a Samara porque cierta mañana se encontró a la muerte en el mercado y observó en ella un gesto que consideró amenaza. Su amo, preocupado al parecer por los contratiempos de su servidumbre, enterado del suceso, protestó a tiempo.

-¿Por qué has amenazado a mi esclavo?

La muerte, tenida por dama distinguida, tuvo la atención de responderle.

-No ha sido un gesto de amenaza, sino de sorpresa al verle aquí, siendo que esta tarde tenía una cita conmigo en Samara.

Algunos sostienen que la ciudad en cuestión no fue Samara, sino Samarkanda. Otros –no se sabe si con buena voluntad o con ganas de ir mareando la perdiz– hablan de Ispahan. Puestos así, me atrevo a asegurar que Samara es también Monóvar. Y Vilarinho das Paranheiras, si se tercia, apacible aldea portuguesa.

Porque a Monóvar vinieron a apurar su último guiño los personajes de este estudio. Sus libros mortuorios nos han legado, merced a clérigos y notarios, desenlaces dispares. Los hay que sucumbieron «de una puñalada» o «de contagio», en tanto que a un soldado francés –reza una anotación de 1691– «le tiraron un escopetazo y le hirieron y ale». Otro asunto es el de su interés documental. Los archivos eclesiásticos, allí donde perduran, son claro alivio de demógrafos, estadísticos e historiadores. Índices de natalidad, mortalidad, estragos de epidemias, han podido reconstruirse gracias a estos legajos y volúmenes que precedieron al Registro Civil.

Quedan, pues, las concesiones que cada cual quiera dejar para la metafísica, ejercicio bastante entretenido. Por lo pronto, el lector que busque hallazgos trascendentes puede hacer boca con el poderoso verso con que Quevedo inició uno de sus sonetos memorables.

¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?

Acaso sea prudente que, ante semejante invocación, el prologuista, que soy yo, deje avisado al personal.

Silencio, nos llaman.

Con ustedes, los que ya llegaron a Samara.

 

José Ferrándiz Lozano

Alicante, septiembre del 92

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