UN ÚLTIMO ROSTRO DE PACO PEIRÓ Gemma Márquez.

UN ÚLTIMO ROSTRO DE PACO PEIRÓ

Gemma Márquez.

Universidad de Barcelona.

Andaba Paco Peiró, en estos últimos meses, preocupado por el origen del universo, la aparición del hombre sobre la Tierra y la incierta existencia del alma humana. Embargado por el cansancio cada vez que volvía a los pinceles ¾ pues Peiró decía emborracharse con la pintura, y tal apasionamiento le exigía una verdadera tensión física¾ , sobre su mesa-camilla podían verse El enigma de la esfinge de Juan Luis Arsuaga y algún otro título divulgativo. No es seguro que el pintor monovero acabase por desentrañar el enigma, pero su empeño por entender, por especular acerca del Big-Bang o tomar notas sobre los hombres de Atapuerca, hablaba de una inquietud permanente: al final de sus días, Paco Peiró recordaba a esas figuras medio silenciadas que tanta admiración suscitaban en Azorín, desenterrador de oscuros eruditos de provincia.

A Azorín lo conoció Paco Peiró en los 50, con motivo de su presentación en Madrid, en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Había expuesto ya el pintor en el Casino de Monóvar, en Sevilla y en Alicante, y ahora emprendía el siguiente estadio de su aventura artística en la capital española. Habiendo cambiado la abogacía por el caballete cuando ya era padre de cuatro hijos, Peiró decidió arrimarse a la buena sombra de Azorín, que lo acogió desde el primer momento con una cordialidad entrañable: si otros tenían que superar numerosas rémoras para acceder al escritor, los Peiró ¾ el pintor y su mujer, Enriqueta¾ tuvieron siempre franco el paso a la casa de Azorín. El motivo es de una sencillez entrañable, y tiene sus raíces en los caprichos de la memoria azoriniana: los Peiró, que cada año le traían a Azorín almendras, brevas o membrillos, eran para el escritor un eco del pueblo que jamás volvería a visitar, no ya porque el escritor asentado en Madrid no volviera a Monóvar ¾ que no volvió¾ , sino porque su pueblo era ya una imagen que no admitía el transtorno del tiempo. Preguntaba Azorín por la casa del señor Capela, y en seguida tenía que echarse las manos a la cabeza porque la casa se había demolido para construir una fábrica: los Peiró se convertían así en emisarios del inexorable cambio que imponía el paso de los años.

No obstante, y de igual forma, Enriqueta y Paco Peiró eran umbrales a esa imagen permanente que la memoria azoriniana conservaba: a través de sus presencias ¾ en especial la de Enriqueta, cuyo padre había sido amigo del escritor¾ , a través de los cuadros y los frutos, Azorín rememoraba la tierra, el paisaje, seguramente cierta luminosidad levantina que la pintura de Paco Peiró interpretaba. Pues la inclinación de Azorín por el trabajo de Paco Peiró parece radicar especialmente en la capacidad evocativa que para el escritor poseían los cuadros del pintor monovero. En la breve serie de cartas que Azorín escribió a Peiró entre 1955 y 19631, aparece reiteradamente esa idea. Así, con fecha del 18 de enero de 1959, Azorín agradece al pintor los óleos que este solía enviarle por Navidad, y añade: «En su contemplación me traslado ¾ imaginativamente¾ a lugares que yo amo tanto». Con fecha del 28 de diciembre de 1960, el escritor afirma de La vista de Petrel de Peiró: «evoca en mí resonancias sentimentales». Y en una de las notas más breves y más bellas, con fecha del 30 de diciembre de 1963, Azorín despliega por un momento el camino de su ensoñación ante los cuadros: «Queridos Enriqueta y Peiró: muchas gracias; las pinturas son preciosas. Con esas barcas vamos y venimos a nuestra soledad. Y esa Monóvar neblinosa y norteña tiene nuestros ensueños, nuestras esperanzas».

Con todo, el comentario azoriniano qué más empleaba Peiró como carta de presentación de su trabajo era el de «pintor de la Naturaleza», título casi lopesco que Paco Peiró acuñó en los folletos de sus exposiciones2 y en entrevistas radiofónicas3, y que en encuentros personales consideraba, con disimulada satisfacción, exagerado. El apelativo, no obstante, apunta hacia la visión azoriniana ¾ ya más objetiva¾ de Peiró como pintor realista (frente a esa vanguardia plástica a la cual escamoteó cualquier comentario) y continuador de una tradición pictórica que ha definido el paisaje levantino a través de los rasgos atribuidos a su luz:

Francisco Peiró es pintor; no todos los pintores son pintores. Peiró pinta paisajes. El paisaje es una interpretación. En cualquier sitio ¾ como decía Corot¾ puede poner su caballete el paisajista. Donde lo ponga estará bien puesto. Y donde lo ponga, pondrá su personalidad. Peiró interpreta Levante. Hay en Levante matices suavísimos. La interpretación de Peiró es fina, clara, optimista. Toda pintura , a más de las calidades estéticas, tiene excelencias morales. Nos alienta la pintura de Peiró. Podemos, sin riesgo, colgar uno de sus lienzos en nuestro cuarto de trabajo. Tendremos con él un pedazo de Levante, la serena tierra ribereña del azul y manso Mediterráneo4.

Impresionista más que tardío, Paco Peiró tuvo amistad con Genaro Lahuerta y Francisco Lozano. Entre sus influencias mencionaba él el sorollismo, y en especial al maestro de Joaquín Sorolla, Ignacio Pinazo. Los repentes de este último imbuyeron en Peiró la idea del apunte como sistema de trabajo, y así el pintor monovero se lanzó a la ejecución de numerosísimas notas que constituyen lo mejor de su obra según la crítica5 y la familia (a cuyo juicio habrá que acudir considerando que, al decir de Peiró, la opinión de la crítica le tenía sin cuidado): «lo mejor de papá son las notas6«, dice Enriqueta Navarro que afirmaban sus hijos. El propio Paco Peiró disfrutaba con la ejecución de sus notas más que con cualquier otro trabajo: recordaba por ejemplo lo ingrato que había sido pintar el paisaje del Norte español a partir de fotografías tomadas por él mismo, y comparaba la frialdad de ese procedimiento con la inmersión directa en el paisaje que suponía el apunte.

De la infinidad de notas que hizo Peiró, ante la curiosidad de los niños en la playa de Santa Pola o «en donde quiera que fuera» (tal y como él contaba admirado de la capacidad de trabajo sorolliana), no le queda al pintor ninguna: todas las regaló o las vendió, como ha sucedido con el resto de sus cuadros. Pues si de algo se preciaba Peiró es de haber sido un gran vendedor: «En fin, sé vender. Tengo una cualidad, mira», y acto seguido explicaba cómo su presencia era indispensable en las exposiciones para conseguir que la clientela y los amigos se comprasen los cuadros. «Soy más comerciante que pintor», decía también, y de ese instinto comercial surgió por ejemplo la idea de pintar tarjetas navideñas para empresas industriales, lo que le impuso al pintor un trabajo «de miedo» según sus propias palabras: más de mil postales al año, que tenía que componer de dos en dos.

Ha conservado Peiró su clientela, ya en la última época de su vida, entre los habitantes de Monóvar. Hasta último momento han tenido éxito sus cuadros de flores y se han apreciado sus pinturas de libros, de las que el doctor Enrique Rubio adquirió una al ver la que cuelga en el Casino, donde presentaba la tertulia sobre «Azorín y la crisis del teatro» en diciembre del año pasado. Pero de tal éxito comercial se dolía su mujer, Enriqueta, que lamentaba el hecho de que Paco Peiró conservase tan poco de su propia producción: en la casa de los Peiró no quedaban, en enero de este año, más que unas pocas huellas del trabajo realizado por el pintor. Se veían en las paredes sus temas de siempre, y en el recogimiento del salón era posible eludir cualquier consideración ¾ por lo demás acertada¾ sobre la pintura a destiempo de Peiró para encontrar en sus metales tan solo un hecho palmario: una experiencia plástica que en los finos cobrizos de las superficies y en la densidad de los volúmenes hablaba de un delicado amor por la pertinaz presencia de los objetos, de una atención ardiente ante el modo en que las cosas más triviales se dan existencia a través de las formas.

Y nada más que ese índice de delicadeza vital: ante su creciente dificultad para sostener el esfuerzo físico que le imponía el trabajo, el estudio del pintor había sido levantado para dejar una habitación más en la casa, y todos los bártulos habían sido trasladados a casa de su hijo Enrique. Con 90 años Peiró todavía se sentía sorprendido cuando lo asaltaba el cansancio («Enriqueta, ¿cómo es posible? ¿Es que me estoy haciendo viejo?»), y afirmaba su insatisfacción con la obra hecha: Paco Peiró deseaba destruir toda su obra y emprender, decía, «algo nuevo». No era posible, sin embargo, una segunda juventud, y Peiró se resignaba a los libros. Este hombre, que había expuesto por toda España, que se sentía estupefacto ante el relato que su nieta Isabel le hacía de las actuales performances, que escribía artículos sobre Azorín para la revista de Monóvar y sospechaba de la inclinación del escritor por Sarita Montiel, que admiraba a Mingote y hablaba con una ecuanimidad sorprendente sobre el desastre del 11-S, quería ahora comprender y, despojado de su historia anterior, la vida le colocaba en la situación del personaje azoriniano que sostiene una inquietud intelectual no por hecha a su medida, menos indicadora de una elaborada sensibilidad humana. Como un personaje que consigo se llevaba el tiempo y el recuerdo fue precisamente como pude ver por última vez a Paco Peiró, saliendo de la Casa-Museo Azorín, de la CAM, bajando las escaleras muy despacio, alejándose por la calle Salamanca con una lentitud en la que se adivinaba, no tanto el peso de los años, como la forma en que los días nos atraviesan y nos borran.

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1Pueden consultarse estas cartas en la Casa-Museo Azorín.

2Exposición en la Galería Segrelles (Valencia), del 9 al 20 de enero de 1976.

3F. E. T. nº 12 Radio Falange de Monóvar, enero de 1955.

4Exposición en la Sala Baylo (Zaragoza), del 25 de noviembre al 7 de diciembre de 1961.

5Exposición en la Galería de Arte de la Caja de Ahorros Provincial (Alicante), del 18 al 27 de marzo de 1971.

6Todas las citas atribuidas a Paco Peiró y Enriqueta Navarro proceden de una entrevista que mantuve con ambos el 24 de enero de 2001.

Un comentario en “UN ÚLTIMO ROSTRO DE PACO PEIRÓ Gemma Márquez.

  1. Tengo dos oleos grandes de Paco Peiro comprados en 1970 o 1971. Uno es de anemonas y el otro de flores silvestres. Querria venderlos. ¿Donde y por cuanto seria posible? Muchas gracias

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