Archivo de la categoría: Personatges

Un sueño de Nobleza

Un sueño de Nobleza

unsuen1
Dibuix d’Enrique Vidal

En la última semana de noviembre de 1265, Jaime el Conquistador se dirigía hacia Alicante procedente de las comarcas del interior. Es una suposición (o quizás sea un sueño) que, dejando la ruta principal, paralela al cauce del Vinalopó, se desviara tomando una cuesta que le llevaría a un lugar que hoy denominamos Monóvar, y allí pasara una jornada, un supuesto día importante para esta centenaria ciudad desde el 24 de abril de 2000.

 Dedicado a mi padre

Demetrio Mallebrera Verdú

(Octubre de 1981).

Me encontraba ante la desconchada pared externa de un viejo convento, y pude comprobar, observándola fugazmente, que sobresalía en altorrelieve un escudo heráldico labrado sobre piedra. Al cruzar la calle, la precipitación y la tensión al sortear los vehículos en una zona de intenso tráfico, acrecentado por tratarse de una esquina muy frecuentada, me impidieron ver aquel emblema más de cerca y con mejor detalle. Tampoco me apetecía demasiado, pese a que uno es de por sí muy curioso y se fija con atención pretendiendo interpretar todos los matices, calibrar sus componentes y deducir, con suerte, sus significados; sacando una aproximada conclusión acerca del apellido a quien pudiera corresponder de los habituales en esta ciudad. ¿Y si resulta que se trata de un señor feudal famoso? El escudo estaba siempre ahí, ¿verdad que sí? Es de esas cosas que forman parte del paisaje y no se detiene uno a pensar en su importancia histórica. Pero es que tampoco se ha difundido nada ni aparece una placa explicativa. No quise acercarme, no; pero no le quitaba ojo. Porque yo estaba situado justo enfrente esperando que llegara el autobús que debía coger para irme lejos. La espera se prolongaba y yo, cansado, me puse a imaginar…

En elegante corcel, don Jaime, el Conquistador, armado y vestido no sólo hasta los dientes sino hasta el mismo seso, acompañado de unos cuarenta hombres a caballo y otros cincuenta a pie, subía lentamente y de trecho en trecho se detenía para observar el paisaje, mientras ascendía por una pina y polvorienta senda que separaba -y unía- al pueblo del histórico valle del río, tiempo atrás caudaloso por el ancho cauce sembrado y sangriento por el devenir de las guerras fronterizas, y ahora ya un tanto enfermo, que servía para asomarse de vez en cuando, según las necesidades y a veces usando pequeñas y ligeras embarcaciones, a Elche, el vergel florido, el hermoso lugar donde se aposentaban las sinagogas y los palmerales. O, un tanto más allá, para acceder al inmenso mar. Ese camino vecinal, bordeando la ladera del río y al pie mismo de la cuesta que ahora abordaban, era el enlace de los pueblos ribereños. A un lado, los lugares de Elda y Petrer; al otro, la Mola y Novelda.

El rey, en campaña de depuración del territorio, camino de Murcia, donde se habían sublevado los sarracenos, y aun siendo éstas las comarcas que, según el Tratado de Almizra, correspondía administrar a los castellanos, se vio envuelto en su reconquista por expreso llamamiento de su hija Violante a causa de los apuros de su marido Alfonso, ya en estos días rey de Castilla. El último tramo de su recorrido había sido Biar, Villena, Sax, Petrer y Elda, cuyos lugares redujo sin grandes dificultades, y cuando emprendió el viaje hacia Novelda quiso aproximarse, con un puñado de hombres, realizando ligero desvío en su camino, a Monóvar, zona un tanto apartada de los caminos usuales para el transporte y comunicación. El grueso del cortejo continuó, junto al río Vinalopó, hacia Monforte, donde tenían previsto pasar la noche y cubrir al día siguiente la jornada de llegada a Alicante, donde la comunidad cristiana ya les esperaba, y donde pasarían unas semanas para reorganizar los territorios que habían sometido, descansar junto al Mediterráneo, estudiar su marcha hacia Murcia, pasar por Elche y Orihuela, y avituallarse convenientemente para tal cometido.

Delante iban los caballeros y detrás los escuderos. Para no cansar excesivamente a estos últimos y dar remanso a los caballos se pararon en plena cuesta, junto a un arroyuelo de aguas turbias, desde donde ya veían y vigilaban sigilosamente un castillo moro, chiquito, en lo alto de una sonrosada colina. El rey descendió de su caballo, de su compañero fiel de aventuras, de su inseparable amigo, y citó junto a sí a los caballeros para entrever la táctica oportuna ante la posible necesidad de la toma del pueblo y del castillo que se oteaba. Buscó una piedra grande y plana que encontró sin dificultad para sentarse con cierto acomodo, y se rodeó de los estrategas más experimentados y de su mayor confianza. Uno de ellos sugirió que se adelantaran un par de jinetes para ver más de cerca el lugar en cuestión y traer noticias más precisas sobre la situación. Entretanto, los más allegados al monarca le aconsejaron que se recostara ligeramente en lugar conveniente que le fue preparado, cubriéndose con unas pieles curtidas para abrigarse de una brisita seca pero penetrante que se notaba bastante en las horas del mediodía. Era la última semana de noviembre de 1265.

Contaba ya don Jaime con cincuenta y siete años y una vida muy cargada de aventuras y permanentes problemas. Para poder emprender este penoso y militar viaje encontró infinidad de inconvenientes, dada la delicada constitución de su corona aragonesa, ya conformada en estrictas y abrumadoras leyes, donde cualquier decisión, más o menos importante, debía contar con el necesario apoyo de las Cortes, y más aún, ante la presente empresa, no sólo por su gran envergadura y riesgo, sino también porque los móviles eran casi totalmente de tipo personal y familiar, que no los estrictamente de estado. Por eso, le fue necesario al rey utilizar todas sus dotes disuasorias ante los argumentos, bien lógicos por cierto, empleados por los nobles y ricos-hombres, que se esforzaban en convencerle de que tal hazaña era innecesaria, que se trataba de problemas de los castellanos y que a ellos nada les incumbía. Que la expedición era costosa y comportaba unos peligros que podían agravar la estabilidad de su reino, cuyos empeños se centraban en su afirmación y total consolidación. Así que, a trancas y barrancas, pero empeñado y convencido de la necesidad de tal proyecto, allí estaba enfrascado, a punto de emprender la recta final hacia el rebelde Reino de Murcia.

Metido en sus pensamientos, quedó el soberano medio adormilado. En sus elucubraciones no podía dejar de pensar en la situación en que había dejado los concejos, enfrentados entre sí y hasta con violencias y rebeliones. Y se preguntaba si su presencia en aquellos lugares, rodeado de fieles súbditos, se debía a su carisma personal o es que los que le habían secundado se habían ensoberbecido con las nuevas conquistas y sus consiguientes botines. En todo caso, y ante el asomo en su imaginación de la duda, siempre surgía la justificación: Había que consolidar la cristianización. Había que intentarlo en todo lo posible porque era bien consciente de que no lo iba a ver cumplido del todo por lo avanzado de su edad.

Cuando veinte años atrás, estando en Grañen, próximo a Huesca, recibió las cartas de su hija comunicándole la triunfante rebelión de los moros murcianos, tan bien apoyados y favorecidos por el ya orgulloso rey de Granada, se sintió entristecido; pero la reiteración de las misivas, la impotencia de los castellanos en tales adversas circunstancias y la ruptura de los vínculos de vasallaje prometidos y aceptados por el granadino, le sacudieron el coraje, y le decidieron a ponerse en marcha de nuevo. Al referirlo a sus más próximos no encontró dificultades. Su propio hijo, el infante don Pedro (luego Pedro III el Grande) no sólo le animó sino que le prometió hacer él mismo unas correrías por el territorio a reconquistar. Pero al comunicarlo a sus súbditos «oficiales», los que tenían sus responsabilidades de gobierno y administración, comenzaron a ponerle inconvenientes. Fue preciso utilizar la gran energía de caudillo y de líder que poseía y así poner a mucha gente de su lado.

El importante retraso en iniciar tan magna expedición no sólo fue debido a todos estos tropiezos, en que le fue necesario convocar las Cortes de Barcelona y Zaragoza el año anterior a su partida, sino las mismísimas razones personales y familiares, que por un lado le lanzaban hacia el sur, y por otro le frenaban para dejar resueltos los asuntos de la Corona, pues en 1262 se vio obligado a hacer un nuevo reparto entregando a sus hijos los territorios de Cataluña, Aragón, Valencia, Mallorca, el Rosellón, la Cerdaña y el resto de sus feudos.

Regresaron los jinetes observadores contando que le había parecido todo demasiado tranquilo. Alrededor del castillo había un núcleo reducido de población, pero no vieron a nadie. El terreno que circundaba el montículo era abrupto y árido por demás. Se incorporó el rey y quedó extrañado. ¿Había valido la pena pasar por aquí? Y ante la aparente ausencia de vida en torno al pueblo, también se preguntaba si acaso no les estuvieran esperando escondidos en el castillo. De la agudeza de los moros podía esperarse todo. En los pueblos recién visitados siempre encontró a sus moradores bien dispuestos, a personas que le acogieron con agrado, uniéndose a él y a su causa, y ofreciéndose para custodiar y gobernar cada sitio bajo sus órdenes. Ante esas atenciones, él se sentía obligado a responder que eran terrenos del castellano y que éste ya les daría sus fueros y sus cartas de leyes del lugar. ¿Qué ocurriría en este nuevo paraje? ¿Tendría que enfrentarse con sus habitantes?

De pronto, bruscamente, lanzó un grito inaudito que nadie entendió. Se aclaró la voz, un tanto ronca tras la ensoñación, y volvió a gritar: ¡Desperta, ferro!, la llamada de la lucha que a todos ponía en disposición. Montó en su caballo, alto, gris, voluminoso, elegante, fiel al golpe certero y sensible a la espuela de su amo que le indicaba rematar de una vez aquella subida y acabar cuanto antes el presente desfile, cuesta arriba, para la limpieza de la demarcación encomendada.

Se vio una gran algazara en toda la comitiva. Algunos caballeros se santiguaban y sacaban las espadas agitándolas al viento. Eran caballeros, ricos-hombres y hasta prelados, convencidos de que la Bula del Papa Gregorio IX para la toma de Valencia en 1238, como Cruzada, continuaba en vigor. Eran fieles súbditos procedentes de Valencia, Aragón, Cataluña y Provenza. Los escuderos eran los servidores, bien armados, bien dispuestos, bien disciplinados. Algunos de ellos, los que iban en último lugar, cargados con grandes paquetes y enormes cestas de mimbre, eran los asistentes, que nunca entraban en combate, ayudaban a los otros peones en el arrastre de las armas pesadas, atendían a los heridos y a los enfermos, y se encargaban de montar las tiendas, preparar las comidas, tener dispuestos los caballos, remendar los trajes, forjar lanzas, espadas y escudos, fabricar sobre la marcha y en campaña los tiradores y las cotas de malla de los guerreros, colocar las lorigas de los caballos y moldear los cascos que llevaban todos los militares, algunos tan bien confeccionados, representativos y sofisticados como el que empleaba el mismo monarca. Eran éstos los profesionales: curanderos, cocineros, sastres y enfermeros.

Todos se pusieron en marcha. Al final de la cuesta, la loma, con la tierra de un color ocre, fuerte y muy subido de tono, haciendo gran contraste con el fondo del cielo, de un azul muy marcado. Y tras la toma, el castillo moro. Comenzaron a tomar posiciones estratégicas. Ya no iba el rey delante, sino unos quince lanceros, rudos, fuertes, bien armados. Les llamaban almogávares, que no usaban cotas ni espadas, tan sólo pieles de animales para cubrirse y defender sus cuerpos y lanzas o picas para agredir. A ellos se les confiaba todo el poderío de la vanguardia, la avanzadilla. Eran los primeros en arremeter contra el enemigo. Solían ir en dos filas y separados entre sí como unos cinco metros de uno a otro.

Don Jaime dio otro grito incomprensible y los caballeros que surgieron de atrás se distribuyeron en tres grupos. Dos de ellos se fueron hacia la derecha, en fila de a uno y al galope, para rodear el castillo por el norte y surgir sobre él por detrás. Algunas cuevas encontraron, empotradas en la montaña, pero sin habitar. El color de la tierra, en ese lugar, era blanquecino y polvoriento, de yesería, en contraposición con la zona por donde iba el grueso de la expedición que, visto de cerca, era rojo. El otro grupo, y del mismo modo: en fila de a uno y al galope, marchó por delante, por donde estaban las casas formando calles rectilíneas en cuesta muy pronunciada, para ganar el lado contrario de la leve montaña y dar así la sensación de rodeo.

El estruendo de las caballerías, los gritos de los soldados y la polvareda que levantaban, hizo que empezaran a verse algunas personas que correteaban asustadas por entre sus moradas. Los militares no les hicieron mucho caso, aunque tampoco los perdieron de vista, porque el primer objetivo era el castillo. Y así, al poco rato, el palacio musulmán estaba rodeado por todas partes. El rey, entonces, gritó de nuevo: ¡San Jorge, San Jorge!, y lo mismo hicieron los caballeros de los otros lados de la loma, repitiéndose el grito varias veces, mientras todos, a la carga, arremetieron contra las murallas. Llegaron sin inconveniente alguno al pie del castillo, cuya parte habitada era muy inaccesible. Adaptaron sogas y ganzúas y treparon con una rapidez vertiginosa por aquellas verticales paredes de piedra y ladrillo, ocupando inmediatamente el edificio árabe y situando el pendón real en lo alto de la torre del homenaje, que más bien era un minarete o pequeño alminar, utilizado como puesto de vigía y como lugar de aviso para la oración. Recorrieron brevemente sus estancias, y ante la decepción de no encontrar en su interior a ningún enemigo, los aguerridos sitiadores, encolerizados, quisieron entrar a saco en las casas que se alineaban debajo mismo del castillo. El soberano lo impidió, calmando los ánimos y observando detenidamente todo el paisaje que se ofrecía desde la mediana altura de aquel montículo.

A su frente, mirando hacia el sur, y como continuación del pueblo, se divisaba un hermoso regalo para los ojos, una huerta grande, inmensa, donde se veía trajinar a algunos labriegos, metidos a fondo en sus faenas agrícolas. Un poco a la derecha, pegada a la población, una pequeña ermita rodeada de altos árboles, que le hizo pensar que en aquel lugar ya había cristianos, o nunca dejó de haberlos. Al otro lado del castillo, hacia el oeste, y en un cerro circular, se conformaba una explanada redonda donde, al parecer, estaban construyendo algo: una pequeña iglesia, una bodega, un silo o una fortificación.

Un buen puñado de hombres, de los que estaban en la fértil huerta, al percatarse de lo que sucedía en el pueblo, se unieron y, presurosamente, se fueron aproximando al lugar donde se encontraba el rey. Al mismo tiempo, algunos caballeros recorrían la parte rojiza de la montaña, donde aparecían también otros habitantes, como surgidos de pronto, que habitaban los huecos de las rocas, cuyos interiores eran lares bien dispuestos, acomodados y sumamente decentes, que no eran solamente casas para vivir sino también talleres y almacenes. Asustados, se presentaron ante los forasteros, mostrándose abiertamente decididos al diálogo. Argumentaron ser ya ancianos e impedidos -los que no salían a las faenas del campo- y tratarse de un pueblo tranquilo y trabajador, ajeno por completo a las guerras próximas y a las banderías con que, a veces, estuvo a punto de verse envuelto. Eran moriscos, moros viejos y algún que otro judío, asentados en este lado de la aldea desde hacía muchos años, dedicados a trabajos artesanales.

Efectivamente, mientras se acercaba el rey para disponer lo conveniente (siempre tomaba él las decisiones, enojándose cuando algunos súbditos hacían saqueos o purgas por su cuenta, de lo que uno de los presentes tenía experiencia: Blasco de Alagón) se adentraron al interior de las cuevas; por cierto, algunas muy grandes, y en ellas encontraron ruedas de alfarero, telares de lienzos y de sargas y hasta de fajas, incluso de tejidos burdos, el lino y el cáñamo, con que fabricar mantas y ropajes de colores fuertes y listados para uso de las mujeres. Los judíos eran plateros y curtidores, y uno de ellos, ajeno a lo que estaba ocurriendo, seguía cardando la lana. Se acercó el rey ordenando que esperaran a los labriegos que ya veían venir y, estando todos juntos, se pondrían a dialogar con ellos. Así se hizo.

Los campesinos eran también moros, y algunos cristianos que hicieron grupo aparte, todos por igual atemorizados y nerviosos y, en aquellas circunstancias, humillados e indefensos, por cuanto los almogávares (soldados de fortuna catalanes) no dejaban de apuntarles con sus lanzas. Fue fácil hablar con ellos ya que su habla, semejante a la de las poblaciones vecinas, se parecía mucho a la que utilizaban los recién llegados. Decidido, uno de los lugareños, con madera de líder, se acercó al rey saliendo del grupo de los cristianos y, arrogándose la representación de los demás, le ofreció al monarca todo cuanto tenían, incluso sus personas, rogándole que no les hicieran destrozos y dejaran tranquilos a los niños, ancianos y mujeres. Le preguntó, con voz trémula, quién era, y le contestó un lacayo malcarado, un tanto bruto, que forcejeó con él para que se arrodillara y le rindiera vasallaje. El monovero, asustado pero tranquilo, hizo un gesto de gran sorpresa al conocer de quien se trataba y, dando un paso, se inclinó ante el monarca. Este no lo consintió, ordenándole con mucha deferencia, que le refiriera cosas, pues le había gustado el lugar y la buena disposición de aquella gente, contando incluso con la sorpresa del castillo.

Fue entonces cuando el lugareño, que se mostraba visiblemente emocionado, le dijo que precisamente la mayor parte de la población estaba en el río Vinalopó, junto al paraje de Los Molinos -donde vivían unas cuantas familias- curiosamente para ver pasar, por el camino real, la comitiva del rey Conquistador que todo el mundo conocía y el pueblo admiraba. Que sólo se habían quedado los que precisaban acabar unas labores urgentes del campo. Que no esperaban esta visita y se lamentaba de no haber podido prepararla; pero es que, en la primavera pasada, cuando su hijo el infante don Pedro hizo unas correrías por aquella zona, no se acercó por allí; por tanto, suponían que el soberano tampoco lo haría. Le rogó que recorriera el lugar como vencedor, como dueño, que todo el pueblo le quedaría reconocido. Que supiera que aquí todos le admiraban. Que admitiera su hospitalidad, forzadamente pobre y austera, y que los monoveros recordarían esta fecha para siempre.

En un clima de confianza mutua, vencidas las distancias y las timideces, se encaminó la comitiva hacia la ermita, junto a la huerta. Recorrieron el lugar en pasacalle triunfal. Las puertas de las casas se abrían al paso del cortejo como muestra de sumisión, de simpatía, de cordial acogida. Era una población mora y cristiana a la vez. Mora, por su castillo, por su barrio típico y por su pequeña mezquita, rodeada de su necrópolis, en la zona llana. Cristiana, por su ermita y por cierto aire identificador que se respiraba en el ambiente. Las conversaciones se habían tenido en un montículo, centro físico del lugar, en donde sobre pequeña base un tanto torcida, se levantaba, orgullosa, una atalaya con reloj de sol. Inmediatamente debajo, la fértil huerta, y en medio de ella, un tanto al oeste, la ermita.

Entraron en el recinto sagrado los pocos que cabían, el rey al frente, para hacer oración y entonar, como era su costumbre, un «Te Deum». En el altar, diminuto, pero abundantemente adornado de flores, una rústica y pequeña imagen, cuya fiesta ahora celebraban, de Santa Catalina, traída al pueblo por un viejo cruzado, muy devoto suyo, que vivió en Monóvar hasta su muerte. En efecto, en el pequeño ensanche de delante de la ermita, se apostaban unas tiendas de puestos de artesanía y de atracciones de feria. Allí rezó don Jaime. Y lo hizo, como también era su costumbre, en voz alta. Primero fue la acción de gracias, mezclando latines y divagaciones de su pensamiento que no eran entendidas. No, no era él un rey muy virtuoso que digamos para ser santo, como ya se rumoreaba de su consuegro, Fernando III de Castilla. En su pasado, una mala jugada, haberse casado, en 1221, con su pariente Leonor de Castilla, de la que se separó por no tener dispensa, o el desenfreno ante tanta dama bella que merodeaba por su Corte. Pero aún estaba a tiempo, se decía, y a pesar de la edad, quizá aún podría ir a la próxima Cruzada a Tierra Santa que acababa de iniciar sus preparativos. Dudaba. Pero en el fondo deseaba entrar en la Gran Historia, reconocido por sus merecimientos y valía personal en defensa de tan meritoria, alta y encumbrada causa en defensa de la fe cristiana, haciéndose proclamar adalid del cristianismo por el papa Gregorio X, quien ya contaba con él y le había invitado a asistir al Concilio de Lyon, próximo a celebrarse. Pero le venían remordimientos. Pedía perdón por su soberbia, y pensaba, todavía con muchas dudas, retirarse al final de sus días al Monasterio de Poblet, regido por los monjes del Císter.

Los habitantes mostraron a sus huéspedes todo el vergel que cultivaban. Ante ellos, algunas hortalizas y verduras: pencas, alcachofas, acelgas, espinacas, judías, garbanzos. Alrededor de ellas, las frutas: peras, manzanas, granadas y largas hileras de vides que se prolongaban hasta otro paisaje, ya no divisable desde allí, también poblado, llamado Chinorla, con gran abundancia de agua, donde había otra aljama de moros y muy pocas familias cristianas junto a un bello y señorial castillo. El agua para regar y para beber la traían en limpias acequias desde otro paraje denominado El Bull, de aguas más finas y transparentes. A ambos lados de los dos caminos que llevan al río se cultivaban grandes extensiones dedicadas al trigo y al lino. Y en la misma ribera del Vinalopó, vacas lecheras y corrales con gallinas, conejos y cerdos, y algunas fincas con molinos de harina. El resto de la demarcación era todo más monte que llano, muy tenaz y pedregoso, en donde se cultivaba lo de secano, almendros, olivos y plantas silvestres, algunas de ellas con propiedades medicinales, utilizadas como purgativos o para destilar licores, sobre todo el anís y el cantueso. Y para usos industriales, cuidaban, recogían y utilizaban el esparto, muy bien trabajado por los artesanos.

Estos mismos terrenos eran recorridos por buen número de cabezas de ganado lanar y cabrío, así como liebres y conejos de monte. En plena huerta, y a modo de chozas, se levantaban algunas bodegas, silos y almazaras, en donde también se guardaban los utensilios de labranza muy toscos, como el arado sin reja, la hoz del cosechador, la horquilla, el rastrillo, la azada y el cesto, y también servían como lugares para resguardarse los labradores de las inclemencias del tiempo. Lo más interesante era el sistema de regadío, con acequias alineadas, recorriendo toda la zona cultivable, y controlado por pequeñas presas con compuertas que manejaban según el uso y necesidad. Los asnos araban la tierra atados con arneses de esparto trenzado. Limitando los sembrados, corría un riachuelo, llamado Tarafa, muy peligroso en las épocas de avenidas fluviales, porque se desbordaba fácilmente y formaba escorias en sus riberas, donde se realizaban otras tareas escalonadamente. Primero, las mujeres, sin juntarse nunca las moras con las cristianas, purificaban sus ropas mientras cuchicheaban sobre las vidas y los amoríos de la gente del pueblo; después, los curtidores que lavaban y relavaban las pieles, y al final los fabricantes de escamas y pastillas de jabón de barrilla con moldes de madera.

Llegó la hora del almuerzo y los ilustres visitantes fueron bien agasajados y atendidos con total cortesía. No fue preciso hacer uso de sus viandas. En buena armonía con los lugareños, se sentaron con ellos en una especie de camino ancho que había entre el núcleo de las casas y la huerta, que solían llamar Carrer Major, el sitio de los encuentros, de los paseos y de los festejos. Les presentaron sus platos típicos y cotidianos. Olla, con pencas, judías, garbanzos y arroz; tortas fritas de harina y aceite; albóndigas de carne de cerdo, asadura de animales de caza de los montes Betíes, la Zafra, la Umbría, y la inmensa, densa y salvaje sierra de Salinas, como el ánade y la garza. También les ofrecieron la comida usual de las clases más pobres: las gachas. Y para regarlo todo, el inmejorable caldo de la tierra, el vino, conservado en tinajas grandes y trabajado por cosecheros muy expertos de la localidad, muy afamado y demandado allende aquellas fronteras, con sus tres variedades insuperables: el negro, el clarete y el blanco. A los postres, uvas, manzanas y granadas, los suculentos buñuelos y las almendras confitadas, aromatizados con vino dulzón o semiamargo y muy viejo.

El rey se situó junto al casual anfitrión, muy interesado en que éste le fuera diciendo cómo se llevaban con los moros y de qué forma se gobernaban. Antes de ponerse a comer, y puesto que todos comían con los dedos, se dispuso a lavarse las manos, ofreciéndole para tal menester un yelmo de loza bellamente decorado, confeccionado por los artesanos de Los Molinos, muy competentes en este tipo de trabajos, producto que fue halagado por el monarca y que recibió como regalo, además de un barril de vino añejo. Ya con toda confianza, don Jaime entregó a sus lacayos la espada -«Tizona», como la de El Cid, un nombre ya legendario del que se contaban hazañas acontecidas en el monte que llevaba su nombre y que cubría toda la franja este de aquel paisaje-, se despojó de la ropa más pesada, el casco y la redecilla de la cabeza, las antiparas o polainas de las piernas, la coraza y la gonella o túnica. Conversaron durante la comida. El monovero le dijo que aquella zona no era muy conflictiva y no la consideraban en absoluto de importancia estratégica, ni desde la perspectiva militar ni la comercial. Desde siempre, que él recordara, vivían allí cultivadores y gañates islamitas, muy trabajadores y pacíficos. Un poco más latosos, si acaso, eran los mudéjares que habitaban en Chinorla, hoy arrendatarios casi todos ellos de las mismas tierras que poseyeron antes de la llegada de los castellanos.

Desde entonces se regían por un concejo cristiano, con representación de la aljama de moros, a los que obligaron a abandonar su castillo. La vida en el pueblo, de por sí muy tranquila, tenía como fantasma permanente que impedía una mejor convivencia, las envidias y los rencores que, aunque raramente, afloraban y se sentían por causas lógicas de los afanes de la gente. Odios contenidos, no por razones de religión, pues eran bastante tolerantes al respecto unos y otros, sino por motivos de posesiones y hasta de virtudes personales. También flotaba en el ambiente la amenaza de las rebeliones, ya que los moros -y no por los que convivían con ellos, que consideraban amigos, y excepcionalmente algunos habían emparentado- podían ser arrastrados a cualquier revuelta guiados por motivos bélicos de su propia creencia con el apoyo de otros pueblos hermanos quienes, por cierto, les decían de vez en cuando que se mostraran preparados para estas eventualidades. A este respecto, le contó también que la última vez que fueron a inspeccionar el castillo sacaron gran cantidad de cimitarras, espadas normales, lanzas, hachas y mazas, que estaban almacenadas, y tenían el convencimiento de que, además de tener armas ocultas en sus propias casas y en las cuevas, imaginaban que tendrían túneles y sótanos en el interior del castillo donde podían estar bien provistos de estos materiales. Le dijo al rey que por ello no se preocupara ni intentara castigar a los musulmanes allí presentes, que ellos ya sabían bien cómo llevarlos, y que herirles en su orgullo podía ser muy peligroso, ya que eran, en todo el contorno, abrumadora mayoría.

El monarca se mostró interesado por los medios de vida de aquella gente, mientras daba muestras nada contenidas de haber comido en exceso y sentirse un tanto pesado. El monovero, siempre atento a lo que su admirado soberano pudiera precisar, le ofreció un agua medicinal muy buena, procedente de un manantial próximo, llamado Charco Amargo. Entonces le confió las perspectivas comerciales. A través de mediadores que vivían en Los Molinos, junto a las grandes rutas del comercio, traficarían interesantes cantidades de aceite, aguardientes y licores, cántaros de vino -muy apreciado en la zona marítima- y cahíces de almendras. En cuanto a la cultura, conocían el Poema del Cid y circulaban algunos libros del rey castellano que escribía poesías, y del infante don Juan Manuel. Disponían de instrumentos musicales, de cuerda y madera, el parche tenso y la dulce flauta o añazil, tocada espléndidamente por los llamados «moros trompadors» del Vinalopó, con la que algunos habitantes interpretaban de maravilla, y destacados cantadores y compositores de tonadillas con que se contaban historietas y leyendas, incluyendo algún personaje local como protagonista. Las construcciones que divisaba estaban hechas con piedras, muy buenas, del lugar, un mármol de esplendentes dibujos y colores, y el yeso para los forjados que empezaban a explotar porque tenía muy buena venta en el exterior.

Don Jaime dispuso que ya debían emprender el regreso. Había que ponerse en marcha antes de que les entrara sueño después de tan abundante almuerzo. Sueños que él mismo quería evitar, ya que siempre se le aparecía su amada Berenguela incitándole desde Barcelona para que desistiera de la empresa de Murcia y regresara pronto a su lado. Le aconsejaron que marchara por una vereda que le llevaría directamente a Novelda sin ser preciso regresar al camino oficial junto al Vinalopó. Mientras le indicaban con precisión dónde comenzaba el sendero, al otro lado de la huerta y del pequeño riachuelo que la circundaba, y que habían de cruzar por estrecho puente, junto al cementerio cristiano, vieron aparecer a dos jinetes, levantando gran nube de polvo y que por tal camino se aproximaban. Nada más cruzar el puente fueron detenidos por súbditos del monarca. Los jinetes eran cristianos viejos que, enterados de la presencia del rey en aquella zona, deseaban ardientemente hablar con él. Procedían de Elche, donde la población musulmana hacía unos días que había expulsado a los cristianos en una reyerta cuyo lema era que nunca volverían a pisar tierra ilicitana los devotos de la cruz y del Cristo. El soberano les dijo que, camino de Murcia, tenía previsto pasar por Elche, y que le acompañaran hasta Alicante para tomar refuerzos y estudiar con ellos la mejor táctica para entrar en Elche sin pérdidas ni dificultades. Y así, enardecidos los caballeros con el ánimo de las nuevas conquistas, salieron de Monóvar, no sin antes quedar muy agradecidos a sus habitantes por su inigualable hospitalidad y buen trato.

El bocinazo, ante mis narices, me hizo salir del ensueño. El autobús que esperaba acababa de llegar. Ya envuelto entre el gentío que subía a ocupar sus asientos, me sentí aturdido, a caballo entre dos momentos precisos y bien diferentes de la vida de aquel pueblo que iba a abandonar. Situé mi maleta en su lugar y me senté distraídamente. Observé a mi alrededor y no vi a nadie conocido para contarle mi reciente experiencia. Esperé a que arrancara el coche para cerrar los ojos y volver a recrearme en los detalles de tan singular historia. Quería rememorar todo lo que había soñado con gran ilusión: Nada menos que el rey Jaime I, el Conquistador, había estado en Monóvar. A veces, por las rutas del inconsciente, que nadie sabe dominar, salen a flote algunas ilusiones que nunca se pudieron cumplir. Debo decir que yo sentía una gran frustración cuando los profesores me decían que era muy poco probable que «El Conqueridor» hubiera estado nunca en mi pueblo. Y yo había estudiado todas las probabilidades. Existía, quizá, un desviarse del camino, un capricho, qué sé yo. Y esa posibilidad, además, se asociaba a aquella hazaña a favor de su yerno, ya muy mayor en edad, y en contra del parecer de sus vasallos. Un gesto que describió el Marqués de Lozoya como «Empresa la más desinteresada y generosa que registra la historia de España». Ante frase tan contundente, yo siempre quería añadir: «Y que vivió Monóvar». Yo, al menos, no me privé de imaginarla como la he contado.


* * * * * * * * * *

Dos hombres y la pena de muerte. José Payá

TOMÁS MAESTRE PÉREZ.

¿Pueden creerse que el monovero más universal, Azorín, y el más científico, el doctor Maestre, coincidieran en algo tan distante de su profesión como la lucha contra la pena de muerte?. Pues, aunque a priori suene un tanto extraño, así sucedió, concretamente, en 1905.

Tomás Maestre Pérez, natural de Monóvar, en cuya calle del Triunfo nació el 18 de mayo de 1857, emprendió – en calidad de Catedrático de Medicina Legal y Toxicología en la Universidad de Madrid -, una fructífera campaña en defensa de Juan García Moreno y su hijo Eusebio, acusados de haber asesinado, en Mazarete, a su pariente Guillermo García, vecino de Mantiel, conocido vulgarmente con el apodo del Aceitero.

La defensa de estos inocentes, condenados a la pena capital, comienza, el 26 de agosto de 1904, con un artículo titulado «Un error judicial», publicado por nuestro coterráneo en El Liberal de Murcia. Tan pronto como apareció el artículo epigrafiado, el Diario UniversalEl ImparcialHeraldo de MadridCorreo EspañolEl PaísEl Globo y casi toda la prensa madrileña se unieron, con sendas editoriales, apoyando la defensa desinteresada del doctor Maestre.

Además de la prensa, diversas personalidades – entre quienes figuraban Gumersindo Azcárate, J. Ruiz-Jiménez, Miguel Fernández, José de Canalejas, Jacinto Octavio Picón, Calixto Rodríguez, A. Miquis y El Licenciado Vidriera -, se adhirieron a la noble causa, dirigiendo epístolas a los periódicos. Sin embargo, todo fue en vano. El Tribunal Supremo falló, el 19 de enero de 1905, afirmando: «Debemos declarar y declaramos no haber lugar a los interpuestos ni al admitido de derecho en beneficio de Juan García Moreno ni Eusebio García Valero».

Pese a este revés, el Dr. Maestre no se dio por vencido y emprendió, con más fuerza si cabe, su empresa en pro de dos hombres, simples labriegos, a quienes él consideraba inocentes a todas luces. Para demostrarlo, comenzó impartiendo una conferencia en el salón de actos del Ateneo de Madrid, el 21 de febrero de 1905. Esta alocución fue el detonante de una masiva protesta de la prensa nacional, como consecuencia de la evidente condena a muerte de dos inocentes. Al día siguiente de su intervención en el Ateneo, El Imparcial promulgó un extenso artículo elogiando a nuestro paisano y afirmando que el mismísimo párroco de Mazarete había invitado al Sr. Maestre a perseverar en su empeño «pues tiene la convicción de la inocencia de Juan García y de su hijo». De igual modo se expresaron El LiberalEl PaísEl Correo EspañolEl Globo y El Diario Universal, quien aseguró, incluso, que «un grupo de estudiantes de Medicina y parte del público que oyó la conferencia acompañó al Sr. Maestre hasta su casa aclamándole y aplaudiéndole. Un amigo del Catedrático se asomó al balcón de la casa del doctor para dar las gracias a los quinientos manifestantes, que se retiraron con el mayor orden».

Animado por la respuesta de la prensa, alumnos y público en general, Maestre confeccionó un memorial agrupando todo cuanto había acontecido en la causa de Mazarete, dirigiéndose a las Cortes Españolas y exponiendo las pruebas que, a su juicio, demostraban la inocencia de dos seres condenados a la pena de muerte por un terrible error judicial. Respetuosamente, informó a las Cortes indicando: «la justicia oficial no ha podido deshacer la fatal equivocación que pone a dos seres sin culpa en las manos del verdugo, y el atropello de dos hogares, la degradación de dos honras, la pérdida de la libertad de dos hombres, el emplazamiento de dos vidas, están aún sin subsanar, y la ley escrita no halla camino ni modo por donde la rehabilitación de dos víctimas pueda hacerse. Sólo las Cortes soberanas, con su poder augusto y omnímodo, tienen potestad en este caso para volver por los fueros de la verdad y remediar un daño injusto, hijo de la equivocación involuntaria de los mortales. Los Representantes de la Nación, entre sus altas atribuciones, tienen la altísima de velar por la salud del pueblo, y nada enferma tanto la conciencia social como la inmoderada aplicación de la Ley, aunque esto sea hecho con la voluntad más plausible y el celo más desinteresado».

Tras enunciar las conclusiones provisionales del fiscal de Guadalajara, artífice de la condena, Maestre comparó el Código Penal de España con el Código de procedimiento Criminal de Alemania, aclarando que el fiscal se equivocó al pedir la pena de muerte en garrote vil para los dos campesinos, pues «el Aceitero de Mantiel fue un pobre suicida, un desventurado loco que se pegó un tiro»; por lo cual pidió y consiguió de las Cortes no sólo el perdón, sino la honra y la libertad que les habían quitado, con una revisión de la causa.

Todo esto queda recogido en un volumen del doctor Tomás Maestre denominado «Dos Penas de Muerte» que, en nuestra opinión, influyó decisivamente en José Martínez Ruiz, a quien le dedicó un ejemplar con estas palabras: «A mi paisano, amigo y escritor eximio Martínez Ruiz (Azorín), en testimonio de mi cariño». Y pensamos así porque ese mismo año de 1905, Azorín publicó «Los Pueblos», donde aparece esta temática en el capítulo dedicado al Buen Juez. En él se ve, claramente, cómo la idea de la pena de muerte empieza a debatirse en el interior del prosista monovero: Don Alonso, personaje que encarna el juez, dicta una sentencia apartándose de la ley, pero con arreglo a su conciencia, a lo que creía justo en ese caso. Para él, «el espíritu de Justicia es tan sutil, tan ondulante, que al cabo de cierto tiempo los moldes que los hombres han fabricado para encerrarlo, es decir, las leyes, resultan estrechos, anticuados, y entonces, mientras otros moldes no son fabricados por los legisladores, un buen juez debe fabricar, para su uso particular, provisionalmente, unos moldes chiquitos y modestos en la fábrica de su conciencia».

Este pensamiento torna a mostrarse cuando Azorín, Unamuno y Valle-Inclán intentaron salvar, en 1935, la vida de veinte presos amotinados en la prisión de Oviedo. Igualmente, Azorín – junto a Marañón, Domenchina y Pérez de Ayala -, lucharon firmemente por proteger de la pena de muerte al escritor y periodista Antonio Espina, colaborador de «Revista de Occidente» y de «El Sol», quien, por azañista y gobernador civil de Baleares, fue encarcelado, en julio de 1936, por el bando nacional.

Se asegura, asimismo, que Azorín medió para evitar la muerte de José Antonio Primo de Rivera y de Rafael Sánchez Mazas. Aunque tenemos nuestras dudas en el caso de José Antonio, no dejamos por ello de reconocer la fina sensibilidad, valentía y hondura de espíritu del autor de «Superrealismo» que, como corresponde a su condición de intelectual, supo estar presente en su puesto e interceder, aún a conciencia de que, con su gesto y actitud, se creaba enemigos.

Respecto al doctor Maestre, entendemos que esta faceta de su laboriosa carrera no debía permanecer olvidada. Su ejemplar campaña ha quedado para siempre en la memoria de Mazarete y – si se nos permite -, en cuantos nos acercamos , curiosamente, a descubrir cuál era el motivo de su celebridad. Ahora, aunque sólo sea por lo aquí expuesto, la encontramos, sinceramente, justa.

TENÍEM UN POBLE BONIC

TENÍEM UN POBLE BONIC

 

  • D’on sou?
  • De Monòver.

 

  • Ah, Monòver, un dels pobles més bonics que conec.

Això opinava un home que vam trobar un dia d’excursió en un poble de l’Alacantí. Comentaris com l’anterior omplin d’orgull, però també estranyen, perquè la majoria de veïns de Monòver pensa tot el contrari. «Monòver és una merda», estem acostumats a escoltar des de fa temps en boca de les generacions més joves, sobretot. Que Monòver està «deprimit» en molts sentits és una veritat de la qual ens queixem tots amb un punt de ràbia.

La finalitat del nostre article és donar l’opinió sobre l’estat de deteriorament gravíssim que s’observa en la fisonomia de la part antiga del nostre municipi. No constitueix en absolut la visió d’uns experts en urbanisme, ni la de cap col·lectiu, sinó la d’uns veïns que, segons hem constatat, comparteix molta més gent. Si no, parleu amb les persones que viuen en les zones més afectades per aquest deteriorament urbanístic. Alguns ja s’han posat en contacte amb l’ajuntament perquè, com a mínim, netege la brutícia acumulada en molts carrers.

La degradació urbanística de la part antiga de Monòver (més o menys, carrer Major en amunt) es detecta en els aspectes següents:

  • brutícia en les voreres (orins, taques, bosses, envasos)
  • solars infestats de rates, plens de matolls i de brossa
  • voreres en què encara es conserven lloses de pedra o « penyes » i ribes sense restaurar, simplement reblides amb pasterades de ciment
  • jardins completament descuidats
  • cases mig enderrocades

El motiu originari d’aquesta situació s’explica per l’evolució de la vida al poble, que ha comportat el desplaçament dels veïns als barris moderns, ubicats en la part plana. S’han abandonat moltes cases als barris antics una volta els propietaris han mort. Les generacions més joves prefereixen viure en uns carrers més amples sense problemes d’aparcament i de circulació. Actualment resulta més rendible comprar un pis, un bungalou o qualsevol habitatge modern que adquirir una casa i restaurar-la.

El govern municipal hauria d’haver previst, des de fa anys, l’abandonament progressiu dels barris antics i, en conseqüència, haver adoptat mesures que hagueren previngut i solucionat els problemes que actualment afecten la constitució urbanística de Santa Bàrbera, la Sénia o el Castell. A més, hauria d’haver restaurat tots els elements ornamentals o urbans com penyes, ribes, jardins o paviment de carrers que, ara, presenten un estat pèssim.

Pensem que no es tracta de donar solucions concretes a llocs concrets, sinó d’idear tot un pla de restauració i de rehabilitació de la part històrica de Monòver per evitar que es convertisca en una zona plena de cases enderrocades, solars plens de brutícia, jardins abandonats, ribes, escales i penyes deteriorades i mal conservades. Com ens comentava un amic, en un futur, la part històrica de Monòver té el perill de transformar-se en una enorme calba. Evidentment, som conscients que un pla d’aquestes característiques requereix unes bones dosis de finançament, però també una acció política coneixedora del problema, compromesa i disposada.

Algunes solucions possibles al greu deteriorament en què es troben els barris antics podrien ser:

  • Donar ajudes econòmiques i restrigir al màxim les traves que actualment troba la gent que vol comprar cases velles i restaurar-les. Molts acaben abandonant el seu propòsit i comprant qualsevol pis o bungalou.
  • Rehabilitar els solars resultants de l’enderrocament de cases i convertir-los en uns aparcaments ben construïts (que els veïns agraïrien molt segurament), un jardí o simplement un racó o eixample del carrer amb algun banc, font o arbre, és a dir, donar-li una certa funció respectant l’entorn urbanístic.
  • Restaurar bé ribes, escales i penyes de pedra, elements distintius d’un poble costerut com Monòver. El treball de la pedra ha sigut molt important al llarg de la història i resulta lamentable observar les pasterades de ciment, els enlluïts o les reparacions tan mal fetes en molts carrers.
  • Netejar periòdicament les zones ajardinades i posar papereres.

En general, es trata de conservar l’estètica de la part antiga, de netejar, de promoure la compra i rehabilitació de vivendes antigues i de donar solucions als problemes de la vida moderna com la circulació i l’aparcament. Pensem que cal mantenir el patrimoni urbanístic i evitar l’abandonament dels barris antics. A més, si mirem l’exemple d’altres ciutats, el nucli antic ha acabat transformant-se fins i tot en una zona socialment marginada.

Un capítol a part mereix la consideració dels edificis monumentals, alguns ja desgraciadament desapareguts, altres restaurats i, finalment, altres deteriorats com l’església del convent o l’ermita.

Els governants tenen l’obligació inexcusable de vigilar la conservació del nucli històric de les ciutats que regeixen.

Antoni Maestre, Lydia Sanz

 

GUIÓ DE L’ACTE DE LLIURAMENT DELS PREMIS DEL II CONCURS JUVENIL DE LITERATURA LA ROSA ALS LLAVIS

Antoni Maestre i Brotons

GUIÓ DE L’ACTE DE LLIURAMENT DELS PREMIS DEL II CONCURS JUVENIL DE LITERATURA

LA ROSA ALS LLAVIS

HOMENATGE A AUSIÀS MARC

Edicions El Bull

Monòver, 23 d’abril de 1997


Personatges:

-el bufó

-el rei Alfons el Magnànim

-Pere Carnisser, patge d’Ausiàs Marc

-una dama

-el cavaller i poeta Jordi de Sant Jordi

-la Mort

-el jurat

-quatre músics: dues flautes, una guitarra i un pandero.


València, segle XV. Interior de palau medieval. Del sostre pengen crespons amb motius heràldics. Al mig, un vitrall gòtic de colors il·luminat. A la banda esquerra, tres cadires i faristols per als músics de la cort (dues flautes i una guitarra). A la banda dreta, una cadira.

Tres punts de llum:

1. la banda esquerra: el lloc dels músics. Els focus s’hauran d’encendre i d’apagar progressivament al compàs de les primeres i les darreres notes. Quan no sone la música, la llum desapareixerà.

2. el centre: el lloc del bufó. Quan el bufó es retire a un apartat a la part esquerra (al costat dels músics) els focus s’hauran d’apagar.

3. la banda dreta: el lloc dels personatges i del jurat quan isca a donar el veredicte.

Per tant, quan parle el bufó, hauran d’estar encesos els focus del centre i de la dreta. Quan reciten els personatges i toquen els músics, hauran d’il·luminar els focus de l’esquerra i de la dreta. Al principi i al final de l’espectacle, hauran d’estar encesos tots els focus de l’escena.

Micròfons:

– un per als músics.

– un per als personatges.

Entrades i eixides:

– banda esquerra: els músics.

– banda dreta: els personatges i el jurat.

El bufó, conductor de l’espectacle, haurà de romandre tothora a escena. Quan reciten els personatges, haurà de retirar-se al costat dels músics, en la penombra, amagant-se.

Al començament de l’espectacle, escenari sense il·luminació. Sonen les notes de la guitarra i s’encenen a poc a poc els focus de la part dels músics.

El bufó entra a escena per la banda dreta, seduït per la melodia. Quan hi haja penetrat totalment, s’encendran tots els focus de l’escenari.

Al cap d’una estona, el bufó s’adona de la presència del públic i l’investiga corrent de punta a punta de l’escenari, fent ganyotes de sorpresa i dubte.

La guitarra deixa de tocar lentament alhora que els focus que il·luminen els músics s’apaguen de mica en mica.

El bufó, una vegada segur de la presència del públic, fa un parell de saltirons i comença a parlar.

BUFÓ: Benvinguts a la cort de Sa Excelsa i Magnànima Majestat el Rei Alfons, sobirà d’Aragó i Catalunya, Còrsega, Sicília i Nàpols per la gràcia de Déu, paladí de la fe cristiana i assot d’infidels, amant de l’art de la caça i amic de poetes i cavallers. El Nostre Eximi Senyor acaba d’arribar de les costes africanes, victoriós de les guerres hagudes amb els vils moros negres com el carbó i amb ulls de foc iguals que els dimonis que habiten l’infern. Ha vingut a celebrar les festes del nostre patró Sant Jordi i a reposar a la vora de l’espill del riu Túria, recolzat en el tronc de les espigades palmeres i embriagat amb el dolç perfum dels tarongers dels jardins del palau. En havent dinat, Sa Altesa sol retirar-se a aquesta cambra per escoltar les sublims melodies dels músics de la cort i llegir versos inflamats d’amor i tendresa, oh, que el porten a la falda de les belles muses que viuen al mont Parnàs. I és que al nostre monarca agraden molt les faldes… ha ha.

Oh, calleu! Algú s’apropa a la cambra! Crec que és ell, el rei Alfons d’Aragó i Catalunya, Còrsega, Sícilia i Nàpols!!! (moviments neguitosos per tot l’escenari) Oh, Déu meu! Espere que no haja sentit el meu comentari! Altrament, em farà tallar el cap i llançar a la gàbia dels lleons! Xst! Xst!

El bufó s’aparta al costat dels músics mig amagant-se. Per la banda dreta entra Alfons el Magnànim amb un llibre en la mà. S’asseu en la cadira i comença a fullejar el llibre.

BUFÓ: Ah, sí! Porta els poemes del seu estrenu i valerós cavaller Ausiàs Marc, molt estimat i preuat per Sa Majestat. Oh, sí! Acompanyà el seu senyor Rei en les expedicions militars de Sardenya i Còrsega contra el vescomte de Narbona i, pel seu coratge i servei a la Corona, el nomenà Senyor de Beniarjó i Falconer Major de la Casa Reial. Sens dubte és un poeta molt refinat i culte que compon uns versos filosòfics i força complicats sobre l’amor. Oh! I quant plau al rei Alfons l’amor delitós…!

El bufó s’aparta de nou. El rei ordena als músics que comencen a interpretar. Sona una guitarra lleu. El rei recita el poema XLVI. La llum il·lumina el lloc dels músics i el del rei. S’apaguen els focus del mig. Quan acaba la recitació, la música s’atenua a poc a poc fins a desaparéixer. Aleshores el rei ix d’escena. S’apaguen els focus dels músics.

Part central i dreta il·luminada. Tot seguit entra el jurat i declara el premi de poesia, categoria A. En acabar, torna a anar-se’n.

BUFÓ: Oh, quin bell i dur poema! Segurament mossèn Ausiàs Marc deuria escriure’l camí de la guerra enmig d’una horrible tempesta que alçava el mar i el posava a l’inrevés per jurar fidelitat a la seua dama en el moment de major perill.(Abocant-se al vitrall) Monsenyor el rei Alfons ha partit cap a l’Albufera de València, on fa criar els seus reials ocells de caça i els seus reials gossos. Allà es troba tota la cort de falconers, sots-falconers, curadors de gossos i patges. Tots reben ordres del Falconer Major, mossèn Marc. Ah! Però qui ve ara? Oh! (nerviós) Amaguem-nos, no siga cas que entre la reina Maria de Castella, muller del nostre Rei Magnànim, tota furiosa buscant el seu espòs que no té temps mai per a atendre-la entre tantes guerres, caces i dames! Oh!

Per la banda dreta apareix el patge d’Ausiàs Marc, Pere Carnisser, pres d’un notable cansament. A la mà porta un llibre de poemes. S’asseu en la cadira, bastant fatigat.

BUFÓ: Oh! Però si es tracta del petit Pere Carnisser, el patge del cavaller mossèn Marc. Oh! Pobret, deu haver-se escapolit de la caça de hui. Els servents tenen tanta feina sempre, que no poden descansar mai: «Peret, neteja’m els escarpins. Peret, trau llustre a l’armadura. Peret, raspalla el cavall per al torneig. Peret, Peret, Peret…!» Probablement ve de la impremta de deixar-hi els manuscrits del seu senyor. Vegem el que diu.

El bufó es retira. S’encenen els focus dels músics, que comencen a tocar (flauta i guitarra). El patge recita el poema LXVIII. Una vegada finalitza la recitació, el patge s’alça i ix de l’escenari, mig arrossegant-se. S’apaguen els llums dels músics. A continuació, el jurat apareix i dóna el veredicte del premi de poesia, categoria B.

BUFÓ: Pobret, aquest vailet. (Abocant-se a l’entrada) Vés a gitar-te i descansa, fillet! (El bufó roman en silenci i dubitatiu durant uns instants) Qui deu ser la dama per qui el poeta se sacrifica i es plany donant mostra d’un amor tan gran?(Mostrant-se confident amb el públic) De segur que no es tracta de la seua muller, que deu ser grossa com un elefant i plena de berrugues, però amb un bon bagul de diners, ha ha. Ai! Aquests cavallers guerrers sempre s’enamoren de damissel.les joves i belles com una flor i per elles sospiren totes les nits i maleeixen el marit ja vel que jau al seu costat en el llit. Oh! Sent passos una altra volta! Qui deu ser? Oh! Déu meu! Quin trànsit hi ha hui a palau! (Amagant-se)

Apareix una dama que no para de mirar cap enrere com si no volgués ser vista. En entrar a escena inspecciona l’estança amb quatre colps d’ull ràpids i desenrotlla àvida un pergamí encintat que duia ocult sota les vestidures. La música comença a sonar (flauta i guitarra) alhora que els llums s’encenen sobre els músics. La dama resta dreta al centre de l’escenari. Recita vivament emocionada el poema LXXVII, amb una mà sobre el pit. Quan acaba, es desploma sobre la cadira, presa d’una mena d’èxtasi. Però de seguida s’alça espantada i marxa corrents. Cessa la música. Entra el jurat i declara el premi de narrativa, categoria A.

BUFÓ: Oh! Oh! Oh! (perseguint la dama a l’entrada) Mare de Déu del Cel! Què han vist els meus ulls! Però, però… Però, sabeu qui és aquest delicat capoll de rosa?! Oh, Senyor! (Aleshores esclata a riure) Ha ha ha. Aquests cavallers no tenen remei… Ha ha ha. Ai! Perdoneu, però tot plegat em fa riure molt. Espereu. Ha ha ha. (Acaba de riure) Sí, respectable públic. És la dama que ha robat el cor a mossèn Jordi de Sant Jordi, company de mossèn Ausiàs Marc en les batalles de Sardenya i Còrsega. I ara, aquest li l’ha furtat com si fos un simple florí. (Més greu) No vull imaginar què passaria si mossèn Sant Jordi ho sapigués, ell que tant estima el seu amic! Oh, Déu meu! Quanta desgràcia! Oh! Algú recorre el passadís! Qui pot ser?(Abocant-se a l’entrada) Oh, mare meua! El mateix cavaller Jordi de Sant Jordi, company de batalles i rival en amors d’Ausiàs Marc!!! Segurament ve a buscar-los per clavar-los l’espasa en el cor i enviar-los a l’altre món!!! Oh! Jo no vull trobar-me aquí! Me’n vaig!

El bufó desapareix per l’esquerra. Entra Jordi de Sant Jordi per la dreta portant un llibre i es planta en el centre de l’escenari. S’apaguen totes les llums, excepte la dels músics i la del centre, molt tènues. Comença a sonar la guitarra. Alhora que el cavaller recita el poema XI, un personatge que representa la Mort i que ha entrat per l’esquerra, dansa al seu voltant. En acabar, la Mort desapareix. El cavaller ix d’escena. S’encenen els focus de la dreta i del centre. Entra el jurat i llig el veredicte respecte al premi de narrativa, categoria B. Després apareix el bufó per la dreta.

BUFÓ: Oh! «L’hora sent acostada». Al principi pensava que hi hauria un assassinat per engany amorós. Però no! El poeta estima tan fortament que, com que la dama no li correspon, se sent morir. Serà la bella jove que ha vingut abans la qui el menysprea? No sé. Que terrible…! (El bufó s’asseu a la vora de l’escenari, apenat i pensarós. Però tot d’un plegat s’alça) Que diantre! No pot haver-hi tanta desgràcia en aquesta vida tan curta! Riguem-nos de les penes i els mals! Visca el riure!(Anant a punt i punta de l’escenari i cridant els personatges en veu alta) Magestat, Missenyora Dama, patge fidel, valerós cavaller! Vingueu tots! Ballem i fruïm de les delícies de la vida!

Comença a sonar la música (flautes, guitarres i pandero). Tots els focus s’encenen. Un patge retira la cadira. Apareixen els personatges i dansen tots junts.

De Tahití a Belgrad passant per Tamarit: viatges i viatgers a la fi de segle Antoni Maestre Brotons

De Tahití a Belgrad passant per Tamarit:

viatges i viatgers a la fi de segle

Antoni Maestre Brotons

Podria afirmar-se rotundament que el romanticisme i l’exotisme signifiquen, per a la literatura de viatges actual, el precedent immediat del gènere o almenys l’etapa més influent, si bé és cert que cal retrocedir una mica més fins al segle xviii i valorar l’aportació de les obres dels viatgers il·lustrats. Aquests concebien el viatge com una font de coneixement i de formació intel·lectual per terres europees, especialment Itàlia i Grècia, considerades bressol de la cultura occidental. Els viatgers romàntics, més tard, cercaran el saber, però l’interior, no l’arqueològic. Per a ells, el viatge real constitueix, per damunt de tot, una recerca de si mateixos. Aquest deler de retrobar-se amb el jo propi persistirà en gran mesura i, si es vol, amb matisos, en els viatgers del segle xx. Els viatges exòtics són, en el fons, una derivació dels romàntics. Els viatgers que els emprenen també tracten d’evadir-se de l’entorn a la percaça d’aventures i de la renovació espiritual amb el descobriment de cultures primitives no contaminades per la societat occidental, és a dir, ni més ni menys que el paradís terrenal. Aquest paradís de bellesa natural exuberant poblat per cultures primitives, que simbolitza els orígens de la humanitat, es localitza a Oceania o les mars del Sud, com va popularitzar Robert Louis Stevenson.

Per tant, els viatgers i els viatges del segle xx hereten tot el bagatge de mites, tòpics, significats i concepcions que el romanticisme i l’exotisme havien creat. Però els qüestionen, els matisen, els rebutgen i, en general, els reformulen. El motiu més evident d’aquesta reacció rau en les transformacions de la societat en un sistema tecnocràtic, de comunicacions globals, industrialitzat, burocràtic, que no permet materialitzar la idea d’edèn com abans es concebia. Ras i curt: el paradís terrenal no existeix. Josep M. de Sagarra ho testimonia així en La ruta blava, fruit de la seua estada a Tahití i Borabora el 1937. Els escriptors viatgers descobreixen que l’existència d’unes illes amb uns paisatges esplendorosos, una gent bellíssima, innocent i pacífica, és tan sols una llegenda ideada per la literatura, el cinema i la pintura que alimentava la fantasia dels occidentals. Així, els escriptors de llibres de viatges d’ara no sols reaccionen contra el romanticisme i l’exotisme sinó contra el turisme o viatge de masses, que n’ha incorporat tota la imatgeria estereotipada i idealitzada en les guies. I, a més, l’ensenyament principal dels viatgers romàntics, l’obtenció d’una experiència singular que aporte algun tipus de canvi personal, és impossible en els viatges programats i en sèrie de l’empresa turística.

Si més no, els escriptors es mostren conscients dels perills que comporta deixar-se seduir per les quimeres romàntiques i pels paradisos artificials de les aventures exòtiques. Aquest seria el cas de Josep Piera, els llibres de viatges del qual revelen influències òbvies de la visió romàntica del viatge literari, tot i que l’escriptor pretenga distanciar-se’n. Al llarg de tota la producció narrativa de l’autor, especialitzada en aquest gènere, el Mediterrani simbolitza l’origen de la civilització: viatjar per les terres que el configuren significa descobrir les arrels de la seua cultura i, per extensió, els inicis de la vida pròpia: la infantesa. Així, estableix un paral·lelisme entre el passat històric i el passat personal, ambdós idealitzats. En les seues obres, s’observa, doncs, el retorn als orígens històrics i individuals que preconitzaven els romàntics. Per a l’escriptor valencià, com per als romàntics, un viatge exterior n’entranya un d’interior a les profunditats de l’ésser propi. Gràcies al viatge literari, es pot dir que Josep Piera reconstrueix l’espai cultural, històric i mític del vell Mediterrani.

De manera semblant, els aventurers moderns hereten l’esperit dels viatges romàntic i exòtic com a recerca d’allò que és extraordinari (en sentit literal) per combatre la rutina i la monotonia de la vida quotidiana amb peripècies autèntiques i arriscades. Es tracta d’obres que narren expedicions a l’Everest, l’Himàlaia o els Andes, llocs recòndits de gran bellesa natural i allunyats del circuit turístic convencional. A més, aquest tipus de viatges està estretament associat a pràctiques i valors socials moderns com l’esport i l’ecologia. En aquesta línia, també es troben els viatges que utilitzen un mitjà de transport rudimentari com ara la bicicleta o viatges a peu i que determina, sens dubte, unes vivències força peculiars (Gabriel Pernau, A la Xina amb bicicleta, 1997). Relacionats amb els viatges exòtics, hi ha els viatges a cultures primitives o, almenys, no occidentals (Sud-Amèrica, Àfrica, l’Índia, Xina), malgrat que els viatgers no s’hi desplacen a la recerca del paradís sinó que el seu interés és conèixer altres formes de vida. De fet, alguns escriptors sovint són antropòlegs o especialistes en alguna matèria vinculada a aquests indrets. Des d’aquest punt de vista, s’assemblen al viatge dels il·lustrats com a coneixement dels altres.

D’altra banda, durant aquest segle sorgeixen models de viatges radicalment antiromàntics i antiexòtics que podrien definir-se com a viatges de la quotidianeïtat. Així ho insinuava ja Sagarra en les últimes línies de La ruta blava, quan tornava a Europa després del seu periple oceànic i es disposava a abraçar la rutina diària intentant valorar els ingredients d’aventura que conté. L’escriptor, d’aquesta manera, acaba acceptant-se i acceptant la seua realitat per més miserable i mediocre que fos, sobretot en el context bèl·lic d’aleshores. Es tracta de mirar la vida monòtona amb l’excitació d’un viatge romàntic o exòtic però amb un enfocament del tot antiidealista. Dins d’aquest grup de viatges, hi ha aquells en què els espais amb prestigi cultural i històric se substitueixen pels centres més representatius de la societat urbana actual, però desproveïts de reputació: els aeroports, els magatzems, les autopistes, els supermercats, les fàbriques (Josep M. Espinàs, Viatge pels Grans Magatzems, 1993). També hi ha viatgers que ixen de les ciutats i s’encaminen a zones de la perifèria cultural i social, normalment comarques rurals, on es desplacen perquè no els passe res, com deia Cela a propòsit del seu Viaje a La Alcarria. Aquesta tendència es perfila visiblement en els llibres de viatges de Josep M. Espinàs. L’obra d’aquest autor es relaciona força amb la modalitat de l’excursió, ja que el viatge dura pocs dies i es fa a peu, la destinació és pròxima a l’origen (el Priorat, la Llitera, la Segarra) i l’objectiu, conèixer la comarca (paisatge, poblacions, gent) que, per a l’autor, disposa d’un interès natural, cultural i lingüístic que caracteritza, d’altra banda, l’excursionisme català des del segle passat. Els llibres de viatges d’Espinàs es vinculen, en l’origen, amb els que van publicar els novel·listes socials espanyols dels anys seixanta. Constitueixen obres amb un valor eminentment testimonial, fruit del compromís social dels autors amb la situació política i social de l’època, que relaten viatges a zones marginals de la geografia espanyola. Per acabar aquest viatge per la literatura, cal remarcar que l’oposició al romanticisme i a l’exotisme es palesa, de la manera més contundent, en obres interessades a narrar experiències de viatges a països immersos en guerres (Josep M. Palau, Geografia impertinent, 1998). Aquesta mena d’obres són el retrat de la reraguarda que no ensenyen els mitjans de comunicació, les misèries i no les meravelles del món. Probablement, per damunt de tanta diversitat, l’únic element comú que comparteixen els llibres de viatges més recents és la recerca, tan romàntica malgrat tot, d’una experiència personal singular i irrepetible, transcendent.

Introducció al libre Visites. Rafael Poveda

Introducció al llibre Visites

L’arxiu de l’església parroquial de Sant Joan Baptista de Monòver es divideix en cinc grans apartats: els llibres de batejos, els de desposoris, els de mortuoris, els de fàbrica i els de visites. A banda es troben altres llibres com els d’arbres genealògics, llibres de confraries i llibres diversos de menor entitat. Els llibres de visites són col·leccions d’actes que els notaris alçaven quan el bisbe o algun delegat visitava la parròquia. Les visites s’efectuaven amb una periodicitat variable d’entre 5 i 10 anys. Pel que sembla aquestes visites aprofitaven per a reunir dades que permetrien més tard confeccionar les relacions sobre l’estat de les diòcesis. Els bisbes estaven obligats a enviar aquestes relacions al Papa de Roma en les anomenades visites «Ad Limina»

Els llibres de visites es troben, en general, en prou bon estat. Son de format foli, 30,5cm. x 21cm. de paper blanc-groguenc amb filigranes diverses i escuts de les fàbriques reials. Els quaderns estan cosits amb fil vegetal de cànem blanc o cotó i relligats en pergamí tipus borsa amb vetes tancadores de cotó vermell. Originàriament estaven escrits en tinta metàl·lica negra, però aquesta, a conseqüència del temps i l’ oxidació, ha derivat a sèpia fort. La cal·ligrafia és molt variada i depèn del notari però en general és humanística o itàlica, amb modalitat cursiva elegant en les capçaleres i més rodona al cos central del text i als marges. A la fi de la redacció de les visites, al costat de les signatures del bisbe i el notari, apareixen els segells dels bisbes, de paper gravat en sec, retallats en formes triangulars i ovalades, pegats i amb alguns fragment de cera. La datació de les visites comença en 1595, i és la primera i més antiga que es conserva. La llengua emprada en les dues primeres visites és el català, amb freqüents mots i paràgrafs en llatí i algun castellanisme. Sense que aparegua cap document indicador i sense cap motiu aparent a partir de la tercera visita en 1612 fins als nostres dies el castellà és la llengua utilitzada.

L’esquema de la redacció de les visites es repeteix quasi sistemàticament en les cinc que hem transcrit. Primer el redactor situa el lloc de la visita: Monòver, la data, el nom del bisbe, i la diòcesi a la qual pertany: Oriola. Després explica de l’arribada a l’església, les oracions, les benediccions, els càntics, la inspecció de les diferents parts del temple, la visita als altars, baptisteri, etc. A continuació inclou la revisió dels diferents llibres, baptisme, comptes de fàbrica i llibres de confraries. Al llarg de la visita el bisbe anava fent indicacions de tipus pràctic: reparar, construir, col·locar i de tipus moral sobre els costums i pràctiques dels fidels. Quasi sempre el manament anava acompanyat d’una amenaça monetària: «ordenà i manà sa senyoria sots pena de…» tant als curats com als jurats de la vila. Dins la rutina de la visita, el notari alçava acta o inventari dels bens continguts en l’església, anava enumerant i descrivint amb detall tant la roba com els objectes de valor. De vegades el bisbe feia visites fora de l’església, al fossar, a l’església vella, a alguna ermita etc.

Altra de les missions del bisbe en les visites eren les confirmacions dels joves fidels. Aquestes no sempre es feien durant la visita, de vegades el bisbe venia exclusivament a confirmar.

L’aportació històrica dels textos de les primeres visites és fonamental per a la comprensió del desenvolupament de la realitat cultural de Monòver. En primer lloc la cronologia dels fets, coincident amb l’expulsió dels moriscos, dóna bon compte de la condició majoritàriament musulmana de la població i de la seua posterior conversió cristiana més o menys forçada. Informa sobre la repressió religiosa dels nou convertits, amb clares advertències sobre el seu origen no cristià i la pertinença clandestina a les lleis de Mahoma.

Els conflictes relacionats amb oficis com soterrador, amortalladora, carnisser, i també amb els hàbits i costums de la població en les festes o vestimenta i en les relacions amb poder eclesiàstic i civil. La precisió i minuciositat de les descripcions dels inventaris dona també una idea de la riquesa o pobresa de la parròquia. Les notícies sobre la visita a l’església vella demostren l’existència d’una ubicació diferent a l’actual, qüestió inèdita fins ara.

Des del punt de vista lingüístic el document que publiquem és una font quasi il·limitada d’informació. L’onomàstica dels personatges que apareixen confirma el caràcter fronterer i de zona de repoblació de Monòver. Noms jueus, moriscos, castellans, aragonesos i majoritàriament catalans, es reuneixen al llarg dels textos. La toponímia, encara que escassa, també es refereix a llocs que encara perduren.

Presentació del llibre Visites per Esther Limorti.

Presentació del llibre Visites per Esther Limorti.

Encara no feia un any que encetàvem la col.lecció Documents amb Mortuoris i ja teníem a les mans un segon volum que ens avalava la seua continuïtat: Visites.

Si amb Mortuoris teníem accés a la part més funesta de la història del poble, la de les fatalitats de la seua gent, amb Visites intuïm un Monòver actiu i ple de vida, el Monòver de finals del segle XVI i principis del XVII. Visites ha sigut confeccionat a partir de documents de l’arxiu parroquial de Monòver. El llibre arreplega concretament les visites parroquials dels bisbes des de l’any l596 a l637.

Cada cert temps el bisbe i el seu seguici visitaven l’església i el notari alçava acta detallada de tots els moviments, ordes i mandats de l’autoritat eclesiàstica. Aquests documents, encara que donaven poc peu a l’originalitat, ens permeten intuir un món curiós i poc conegut. Els textos de les visites pastorals reflecteixen el funcionament de la vida religiosa de Monòver a finals del segle XVI i principis del XVII en els seus aspectes més materials. El bisbe arribava al poble i passava revista de tots els assumptes que afectaven l’església. El seu interés se centrava fonamentalment en tres punts: la conservació dels béns parroquials, la perfecta realització de la faena dels capellans i clergues i la bona conservació de les ànimes monoveres.

La informació que arreplega el llibre és interessantíssima. A partir de la seua lectura podem saber els altars i capelles que existien, l’estat de la sagristia, del campanar, del fossar, tenim notícia d’una església abandonada i en ruïnes i de les donacions d’alguns il.lustres feligresos. Des del punt de vista lingüístic aquests inventaris ens aporten un lèxic molt antic i interessant.

Pel que fa al funcionament dels oficis religiosos el bisbe s’encarregava també de comprovar que el clergat complira perfectament les seues obligacions: s’assegura que el rector adoctrine els xiquets i informe el poble de les festes. Estableix també els horaris de les misses, comprova que cada clergue haja realitzat les que li pertoquen i, quan troba alguna negligència, mana reparar immediatament la falta.

Però allò que, sens dubte, preocupava més al bisbe quan arribava a Monòver era l’estat de les seues ànimes. Aquesta preocupació es fa més patent sobretot en la primera visita, anterior a l’expulsió dels moriscos. El 1596, quan «sa senyoria reverendíssima», Josep Esteve, acaba la seua visita al poble, no pot dissimular el seu desencant i la seua profunda preocupació. La pràctica totalitat dels monovers són cristians nous descendents de moros. El bisbe comprova que aquesta gent recent convertida al cristianisme continua mantenint moltes cerimònies i costums que manifesten que la conversió no acaba de quallar. Davant la impossibilitat de manipular les ànimes dels monovers de la mateixa manera que manava i ordenava sobre els béns materials de la parròquia i conscient de les seues limitacions, «sa senyoria » exerceix el seu poder sobre l’única cosa que podia controlar: les manifestacions externes de la fe.

Josep Esteve, «desitjant la salvació» dels seus súbdits, estableix una constitució en la qual controla fins i tot la forma de vestir. El bisbe mana que el carnisser siga cristià vell descendent de cristià vell i no casat amb cristiana nova, que una cristiana vella s’encarregue d’amortallar tots els morts del poble per a evitar cerimònies mores, que les cristianes noves no porten sabates fetes a quartos de diversos colors i que els cristians nous no usen dels sons de la xeremia. A més de tot açò ordena a un agutzil que controle que cada diumenge i dia festiu acudeixen tots a missa.

Als nostres ulls totes aquestes activitats que en el segle XVI eren quotidianes, evoquen una forma de vida, una societat que, a primera vista, ens sembla llunyana. Totes aquestes referències ens conviden a preguntar-nos com seria Monòver ara si a principis del segle XVII totes aquestes persones no s’hagueren vist obligades a marxar del poble i no hagueren deixat el camp lliure a l’arribada dels nostres avantpassat.

Ben poc podien imaginar notaris i escrivans que el treball monòton i rutinari que els suposava el pas del bisbe per Monòver acabaria tenint per a nosaltres una valor més enllà del purament burocràtic i acabaria convertint-se en llibre quatre-cents anys després. El control meticulós de l’administració eclesiàstica guiava aquestes persones en la seua obsessió per acumular i custodiar aquests documents que formen part de la història del poble. Segurament Josep Esteve no sabia que quan manava que els llibres foren guardats amb clau i quan ordenava i manava que «sots pena de deu ducats i d’excomunió» ningú no els traguera de l’església, estava participant en la conservació de la nostra història, que aquells papers continuarien molt de temps tancats amb pany i clau, en la foscor de l’església i que, finalment, un encuriosit amant de gestes passades els llevaria la pols, es deixaria la vista desxifrant les seues lletres i trauria a la llum els seus noms, cognoms i el seu passeig pels carrers del poble.

La publicació del llibre Visites ha fet que ens haja arribat per fi el moment d’accedir a tots aquests documents silenciats pel temps. Tots els accessos són vàlids, des del camp de la història, de la filologia, de la sociologia, des de l’interés del simple lector curiós. Siga com siga la lectura de Visites serà profitosa. Aquest capbussó en el nostre passat ens donarà noves perspectives per a estudiar la història del poble i ens permetrà entendre-la com una continuïtat en el temps i a la vegada com una superposició de moments; ens permetrà comprovar que en el fons dels problemes socials, i per sota les distintes formes de vida està l’home que fa la història; l’home que amb sabates de colors o llises, al so de la xeremia o de la trompeta ha sigut i continua sent, essencialment, el mateix.

Esther Limorti, 29 d’agost 1993

Pròleg de Paül Limorti al llibre Visites.

Pròleg de Paül Limorti al llibre Visites.

Una visita. Una visita pastoral genera un text pautat, retoricat. L’esquema retòric del text d’una visita dibuixa un moviment d’aproximació i a la vegada el manteniment d’una distància. L’esquema d’una visita és dialògic. Hi ha un observador i un observat i per damunt una mà que escriu: el «notari i escrivà» que dóna fe de tot. En el text d’una visita, la distància, l’espai que separa l’ull d’allò que es contempla, s’ompli de performatius, de paraules que són fets: «ordenà i manà sa senyoria»… «Sa senyoria», el pastor, s’ocupa d’endreçar el ramat: té bona cura de la rutina de les pràctiques, de la burocràcia de la moral, de l’administració de les creences. El pastor posa ordre en la diòcesi, té jurisdicció sobre les ànimes, també sobre els cossos que les hostatgen.

El text de les visites pastorals sembla ser una còpia remitida des d’Oriola. La còpia era arxivada a Monòver. Quan es feia aquesta operació, s’escrivien les rúbriques. Les rúbriques es posen al marge del text i fan la funció d’epígrafs que serveixen per a trobar més fàcilment la informació que es desitja. Algunes d’aquestes anotacions posades al marge del text català de les primeres visites, apareixen en castellà. Això obri alguns interrogants.

L’any 1918 mossèn Antoni Alcover viatja per la zona occidental del domini lingüístic a la recerca de materials per al que serà el Diccionari Català/Valencià/Balear. Durant aquestes peregrinacions l’il.lustre dialectòleg feia servir la infraestructura eclesiàstica: allà on hi haguera una parròquia podia trobar un recer i una persona del gremi que li servira d’enllaç. Aquell mateix any mossèn Alcover «visita» Monòver. Quan arriba a la parròquia, la presència majoritària de rectors d’origen castellà el deixa espantat. De set capellans, només un era d’origen monover. La castellanització de l’àmbit eclesiàstic al sud de l’antic Regne era un fet consumat, tant en les persones com en els usos i Alcover en pren nota puntual i dolguda a les pàgines del seu diari. Tanmateix els cognoms castellans dels rectors i les rúbriques que posen al marge dels textos catalans de les visites, potser informen que la situació que tant sorprén el dialectòleg mallorquí, ha estat normal almenys des de finals del s. XVI.

Aquests rectors d’origen castellà, d’on havien vingut? En quina llengua predicaven? Hi havien acudit per convertir els moriscos? I per què canvia la llengua de l’administració eclesiàstica a partir de 1611? Els textos de les visites pastorals deixen oberts tots aquests interrogants. Són interrogants que fan referència directa a la història de la llengua catalana a Monòver. Són interrogants que potser algun dia algú hauria de tancar.

Molts anys després, tornem a trobar el mateix esquema retòric en altres textos monovers. Durant els anys de la fam per excel.lència Amancio Martínez disfressat de Cañís en va fer una a la diòcesi agrària. Hi va deixar constància per a delit dels lectors aveïnats al casc urbà. A la fi dels anys quaranta el camp monover comença a ser observable, visitable. Anys abans, els redactors de El pueblo havien enviat Cañís a fer algunes visites pastorals a llocs vedats per a un camperol. Es tractava d’un joc pervers. Uns xorovitos travestits de camperol, transmutats en observadors estranys, aliens a la seua classe, passen l’estona descrivint d’una manera ¿innocent? tot allò que els ve als ulls. Les coses que escrivien resultaven ser còmiques. Els xorovitos rebels es reien, els ciutadans llegidors es divertien. Els xorovitos convencionals eren posats en evidència per uns senyorets que es feien els camperols.

Paül Limorti i Payà, primavera del 1993

La llengua de les Visites. Mª Dolors Limorti Corbí

Introducció

Amb el present treball hem volgut oferir algunes dades il×lustratives sobre l´estat de la nostra llengua en aquestes contrades quatre-cents anys arrere. La font de la qual hem partit són els textos que donen compte de les visites pastorals realitzades a Monòver els anys 1595 i 1605,i que van ser publicats per Rafael Poveda en 1993 al volum II de la Col×lecció Documents del Museu d´Arts i Oficis del nostre poble.

Hem de dir, però, que els textos amb què hem treballat no són més que les actes alçades per un notari, al qual se li encomanava la tasca de deixar constància de tots els detalls de la inspecció que el bisbe de la diòcesi d´Oriola duia a terme a les parròquies per tal d´assabentar-se de l´estat d´aquestes. És per això que els textos, com a meres actes, mostren una disposició i una redacció força formulístiques, allunyades, la majoria de les vegades, de la plasmació d´un llenguatge veritablement viu.

Així i tot, les Visites ens proporcionen, si més no, una informació força valuosa sobre algunes de les característiques pròpies del nostre parlar ja enregistrades en els escrits de l´època.

I és precisament en aquestos trets particulars que hem centrat la nostra anàlisi, tenint en compte, a l´hora d´estructurar-la, a quin plànol de la llengua pertany cadascun dels fenòmens localitzats. La nostra intenció, a banda d´extraure dades interessants des d´un punt de vista filològic, és mostrar, sobretot a les persones amb menor coneixement de la metodologia lingüística, el valor tan sumament important que poden arribar a tenir els documents d´altres èpoques a l´hora d´oferir-nos informació sobre com vivíem o sobre què i com parlàvem. En definitiva, a l´hora d´ajudar-nos a configurar i mantenir la nostra identitat com a poble.

L´anàlisi dels textos

I. Els trets fonètics:

I.1-El vocalisme:

a) Nombrosos exemples evidencien ja la generalització de la transformació de / o / àtona en / u /. Així, paraules com ubertcubertcuberta o cumplir (56), esdevenen el testimoni d´un canvi vocàlic que ha perdurat fins als nostres dies i que encara avui continua viu a pobles com el nostre. De fet, els monovers vivim a *Munove(r), encara que escriguem Monòver.

b) Trobem que la / i / àtona es confon amb la / e / en moltes ocasions: defunts (31), crestians (47), seremonies (49), carneseria (53), etc. El canvi, encara que no s´ha generalitzat amb el pas dels segles, sí que s´ha mantingut fins a l´actual centúria com un vulgarisme entre els parlants amb menor grau de formació. De fet no és estrany escoltar algun monover imitar la parla d´algun antic personatge utilitzant paraules com defunts o crestians. I, fins i tot, la forma ceremònia ha sigut adoptada com a pròpia, en detriment de la forma estandard amb / i /,cerimònia, per la totalitat dels parlants.

I.2-El consonantisme:

a) Resulta difícil, vist l´estat actual de la parla de Monòver, interpretar l´exemple del enbiat (58) trobat al text com una mostra de la confusió entre bilabials sonores, / b /, i labiodentals sonores, / v /, ja que, malgrat l´extensió del fenomen als nostres dies, -no és ja gens estrany escoltar /b í / per / ví /-, una gran quantitat de parlants conserva encara aquesta distinció (vg. Colomina, 1985: 158).

b) Hem trobat alguns casos de simplificació de grups consonàntics com és el de tranferir (42) per transferirorde (48) per ordre o atres (76) per altres, els dos últims encara vius a Monòver. De fet, totes les variants de l´indefinit altre continuen presentant aquesta simplificació (atreatraatres).

c) El fonema fricatiu / R /, -so que trobem a paraules com caixa peix-, ve representat bé pel dígraf –ix– ( obeheix (45), faixes (64) ) o bé per la grafia –x– simplement ( dexat (43), faxa (43), dexan (48) ). Els últims casos són una mostra de la pronúncia que encara avui es manté a tots els pobles situats al sud de la línia Biar-Busot, és a dir, amb l´elisió de la –i-. Diem / káRa /, / péR /, / dibúR / per caixapeix i dibuix, mentre que en altres pobles no massa allunyats, -com pot ser el cas d´Ibi o Xixona-, han conservat la –i– (Colomina, 1985: 142).

Un cas curiós pel que fa a la representació d´aquest so al text de les Visites són les formes amb què es transcriu el número seixantasixanta (70), seixanta (71) i xixanta (77). Com podeu comprovar, la tercera d´aquestes formes representava fa ja quatre-cents la que hauria de ser la pronúncia pròpia de pobles com el nostre hui en dia.

d) Apareix també enregistrada la forma col×loquial rogle (69) de la paraula rotle, característica de pobles com Monòver, Novelda o La Romana. No hem d´oblidar tampoc que a Monòver la grafia composta –tl– es transforma també en –l– en paraules com ametla, / alméla / omotle, /mBle/.

e) A la pàgina 68 de les Visites trobem l´únic exemple de caiguda de –r en posició final de paraula: l´infinitiu posa per la forma estàndard posar.

És curiós, però, el fet que la paraula calze aparega escrita amb –r final nombroses vegades als textos. Potser això siga ja una correcció innecessària condicionada per una generalització entre els parlants de la caiguda de les –r finals, fet que als nostres dies es troba generalitzat a la major part dels dialectes catalans, amb l´excepció del valencià no septentrional (vg. Colomina, 1985: 130).

f) Tenim alguns exemples que testimonien la pèrdua de la –t final del grup consonàntic –ntprosegin (43) per prosseguintsen (52) per sent i seguen per següent. Si bé és cert que són molt més abundants els casos en què aquesta –t final es manté. Però els exemples esmentats són ja un in clar indici de la posterior extensió d´aquest canvi present als nostres dies. Penseu, si no, en paraules com fon(t)pon(t)cen(t) o parlan(t) i vosaltres mateixos ho podreu comprovar.

II. Els trets morfològics:

II.1- Els pronoms febles:

Pel que fa al sistema dels pronoms febles, els textos testimonien un moment de fluctuació, de canvi. Al costat de nombrosos exemples en què s´utilitzen «indegudament» les formes plenes dels pronoms ( vg. 27, 28, 31, 44a, 44b i 56 ), en trobem altres en els quals, curiosament, -i malgrat les solucions ortogràfiques escollides-, les formes emprades són aquelles que actualment consideraríem correctes ( vg. 29, 30, 43 i 74).

Exemples:

– «se troba en ell» (27) – «qués faça» (29)

– «se pose en un armari» (28) – «la memoria que es fara» (30)

– «se porte lorde» (31) – «lo dit dia ques contava» (43)

– «se dispongueren» (44a) – «troba que es celebraren» (74)

– «se puga acostar» (56) – «se assente en lo dit llibre» (44b)

L´aparició ja en aquestos moments de les formes plenes en contextos en què caldria esperar la utilització bé de formes reforçades (se puga), bé de formes elidides (se assente) podria explicar-se per la influència del sistema de pronoms febles castellà, amb formes invariables malgrat el context en què aquestes es puguen trobar (cast. se sabe, se ha sabido / cat. se sap, s´ha sabut). De fet, fins i tot en l´actualitat i a pobles com el nostre la generalització de les formes plenes dels pronoms (metese*mosvos) ens fa pensar indefugiblement en la influència de la llengua veïna, amb la qual portem segles convivint i quasi mai en condicions d´igualtat.

II.2- Els verbs:

II.2.1- Els temps de passat:

Resulta força interessant comprovar com als textos de les Visites solament apareixen les formes simples del pretèrit perfet (pera rellevar los dits abusos e pera reformatio dels costums de aquells feu provehi e mana y ordena les cosses seguents). Això ens indica que aquestes formes, avui considerades estranyes per la major part dels parlants del nostre domini lingüístic, s´escollien almenys per a la llengua escrita en detriment de les formes perifràstiques (va ferva manar, etc.) ara tan «populars».

II.2.2- La velarització:

Podem observar als documents analitzats alguns símptomes evidents de l´extensió de la velarització a formes verbals que no haurien de portar aquest tipus d´increment: cusga (30) per cusallisga (48) per llijallixgui (45) per llegí.

No cal dir, però, que a qualsevol monover les formes que acabem d´esmentar no li sonaran gens rares. De fet, una de les característiques que defineix encara hui la nostra particular manera de parlar és l´adopció generalitzada dels increments velars (-g– o –c-), fins i tot per a aquells verbs que etimològicament no ho requereixen. Penseu, si no, en formes com *dorc per dorm*dorga per dorma*vullc per vull*perc per perd, etc.

II.2.3- La palatalització de l´increment incoatiu:

Hem localitzat al text exemples que testimonien ja la tendència, encara vigent, a la palatalització dels increments incoatius: differeixca (43), introduexca (52), vixqueren, etc..

Sabem que en comptes d´aquestes formes la normativa actual ens presenta: diferescadiferiscaintroduesca introduïsca i visqueren. A Monòver, però, l´increment incoatiu palatalitzat ( [-eRk-], [-iRk-] ) ha esdevingut força productiu. El trobem, entre molts altres casos, a la primera persona del present d´indicatiu de verbs com llegir ( [_íRk] per llig ), patir ( [patíRk] per patisc), traduirviure, etc. I a les desinències de present de subjuntiu d´aquestos mateixos verbs: [patíRka] per patisca, [víRka] per visca, etc..

II.3- «Ans«, un adverbi particular:

Cal que destaquem la presència als textos estudiats de les formes adverbials «antigues» ans (48) i enans (72). I ho fem, precisament, perquè aquestes formes ja oblidades per la major part de catalanoparlants es conserven encara fortament assentades en el parlar de Monòver. Si bé hem de remarcar que la variant nans ja només és utilitzada entre les persones de major edat.

III. El lèxic:

Les Visites ens ofereixen una bona mostra del lèxic de l´època relacionat amb el món eclesiàstic i referit tant als «instruments» com a les celebracions relacionades amb aquest. D´altra banda, els documents són també un bon testimoni de les nombroses interferències lingüístiques del castellà a tots els nivells. No hem d´oblidar que les actes de les visites de 1595 i 1605 són les últimes que trobem escrites en català i que és un fet constat que entre els segles XIV i XVIII la nostra llengua va retrocedir, desplaçada pel castellà, a l´àrea entre Elda i Oriola. Ens trobem, per tant, en un context en el qual es produïa un fort contacte entre dues llengües que poc més tard haurien de protagonitzar un conflicte encara avui no resolt ( vg. Montoya, 1986 ).

Les petjades d´aquesta estreta relació es poden resseguir al llarg dels textos i de fet són ja força abundants els exemples de castellanismes que bé substituïen la paraula autòctona o bé convivien encara amb ella: mandatosede, alderredor (36) / entorn (38), pardo, caliz (39) / calze(utilitzat nombroses vegades), iglesia (41)/ esglesia (més habitual), culto (43), culto divino (53), quartos (53), rebeldes (57), regosijos (57), futuroplata (62)/ argent (més usual), guirnalda (65), respaldo (68).

D´altra banda, també trobem paraules que avui o bé han sigut substituïdes per castellanismes o bé han desaparegut del nostre vocabulari en favor d´altres variants pertanyents a la mateixa llengua: fusta (32), escac (33), domasch (33), daus (34), blau (34), vellut (35), tovallola(35), capsa (38), sabater i sabates (54), bossa (59), pechina (63), llenç (64), seti (65), carmesi (65), vermell (67).

Conclusions

Com havíem anunciat a l´inici d´aquest article la nostra intenció era rastrejar als textos de les Visites els indicis que evidenciaren un connexió entre la nostra particular manera de parlar i la llengua d´aleshores, de la qual les actes notarials que hem analitzat en donen abundants dades. La finalitat última, però, del nostre treball era mostrar com de valuosos poden arribar a ser els documents escrits d´altres èpoques en tant que «arxius» en els quals es conserva una informació íntimament relacionada amb el nostre present. És per això que solament amb l´ajuda d´aquest tipus d´escrits podem confegir amb fiabilitat el nostre passat: saber qui som i d´on venim.

Espere que a partir de l´analisi, potser una mica esquemàtica, que us hem oferit es puga comprovar la mobilitat de la llengua en tant que «ser viu» que travessa la història agafat de la nostra mà. Preteníem, si més no, deixar constància que allò que es parlava fa quatre-cents o cinc-cents anys és el mateix que escoltem encara hui pels nostres carrers, malgrat els canvis que haja pogut patir. Seria, per tant, força interessant que entenguérem que el món no va començar cent anys arrere. Que les llengües són transformades pels seus parlants. I que per explicar amb arguments sòlids la nostra identitat hem d´oblidar els prejudicis heretats i enfrontar-nos a tot el que ens envolta amb esperit crític i amb ganes de conéixer la veritat.

Mª Dolors Limorti Corbí

Bibliografia

COLOMINA i CASTANYER, Jordi (1985): L´alacantí, Institut d´Estudis «Juan Gil-Albert», Diputació d´Alacant.

MONTOYA i ABAD, Brauli (1986): Variació i desplaçament de llengües a Elda i Oriola durant l´Edat Moderna, Institut d´Estudis «Juan Gil-Albert», Diputació d´Alacant.

POVEDA i BERNABÉ, Rafael (1993): Visites, Col×lecció Documents, vol.II, Museu d´Arts i Oficis de Monòver.